viernes, 3 de julio de 2020

Dos antecedentes de Alejo Carpentier



                                                      Jorge Cortés Ancona

A menudo, los escritores retoman hechos cotidianos y los transforman con sentido más amplio. Las fuentes de esos hechos a veces son muy simples pero las interpretaciones de esa reelaboración pueden conducir a nuevas formas de conocimiento.
Pienso al respecto en dos antecedentes de imágenes u opiniones representativas de Alejo Carpentier en su novela “Los pasos perdidos”, de 1953, que se han extendido a otras obras. Esa novela presenta una diversidad de significaciones antropológicas, sociológicas, históricas y artísticas con un impecable estilo, por lo cual es una de las pautas mayores de la literatura hispanoamericana.
Una de esas referencias tiene un origen demasiado cotidiano y la otra es una opinión generalizada por el escritor cubano. La primera tiene que ver con el nombre de una taguara o taberna en un pueblo de la selva venezolana y que es mencionada tres veces en la novela, la primera de ellas al final de un capítulo donde se remarca su significado simbólico: “En mi boca demoraba el sabor avellanado del aguardiente de agave que acababa de probar con deleite en la taguara cuya enseña floreada ostentaba un nombre graciosamente absurdo: Los Recuerdos del Porvenir”.
 El nombre de esa taberna se retomará en la novela de Elena Garro publicada en 1963, con otras implicaciones simbólicas, algunas de ellas relacionadas con la guerra cristera de México y el mundo rural mexicano.  
Ese nombre paradójico parece una invención creativa, propia del humor caribeño o mexicano. Pero todo parece indicar que cuando menos hubo un caso real, tal como se expresa en una nota de la revista yucateca La Caricatura en noviembre de 1940, en la columna “Cosas de Radiolandia”, firmada por el seudónimo Rup. Luego de hacer un comentario negativo acerca del nombre de un programa radiofónico: Remembranzas de Antaño, que consideran una mayúscula redundancia dado que remembranza es sinónimo de recuerdo o memoria y por tanto del pasado, el columnista Rup menciona una excepción, indicando que “siempre y cuando no se quiera imitar al propietario de cierta tienda de abarrotes de Campeche, arrabalera por más señas, que denominó frescamente su establecimiento: ¡Recuerdos del Porvenir!”. 
No tendría nada de raro que ese antecedente campechano llegara a oídos de Carpentier, dada la cercanía geográfica y cultural entre la Península de Yucatán y Cuba.
La otra referencia se relaciona con un comentario que aparece en la misma novela. Y también tiene un antecedente de nuestro país, como puede verse en el libro “Viaje a México” de Paul Morand (de 1927 y edición mexicana de 1940, en traducción de Xavier Villaurrutia, reeditada en 2008 por la editorial Aldus). El hecho de que casi no se conozca en la actualidad a Paul Morand, tan famoso en otros tiempos, se debe en buena medida a su colaboracionismo con la invasión nazi a Francia. Su racismo explícito se puede notar en esta crónica de viaje cuando, luego de hablar de la condición siniestra de Ciudad Juárez  y celebrar que en México no dejen entrar a mujeres solas, propone la necesidad de impedir la migración y cerrar fronteras para Francia: nada con eslavos, semitas y latinos del sur; sí, en cambio, con celtas, sajones y germánicos. Después de concluida la guerra mundial fue de los escritores que vieron mermado su reconocimiento internacional.
En esa crónica de viaje menciona que un amigo francés relacionó una ejecución musical de indígenas mexicanos con “La consagración de la primavera”, lo cual queda como un antecedente de “Los pasos perdidos”, cuando el protagonista etno-musicólogo se refiere al indio piaroa que con su flauta le hace entender el tema inicial de esa pieza de Stravinski, episodio cargado de significación y que Carpentier volverá a mencionar en una entrevista de 1974.
Dice Morand: “cuando se escucha a estos indios es verdaderamente imposible no evocar la música rusa o, más exactamente, la música ruso-china. Uno de mis amigos, un francés, que conoce perfectamente a los indios de México y que ha anotado la mayoría de sus melodías, me decía que la primera vez que oyó a alguno de ellos, creyó estar escuchando Le Sacre du Printemps (La consagración de la primavera)”.
Queden estos dos antecedentes de pasajes muy conocidos de Carpentier, que supo reinterpretar dotándolos de nuevos sentidos en su novela “Los pasos perdidos”.

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