Jorge Cortés Ancona
Ha habido una concepción poética en la cinematografía y uno de los que mejor la han plasmado es el cineasta ruso Andrei Tarkovski. Sus películas están llenas de imágenes con una concentración tan poderosa como la de los haikús y los de otras formas rigurosamente sintéticas de la poesía.
Ahora que en el Teatro Mérida el ICY lleva a cabo una muestra con lo mejor de su filmografía, reproduzco a continuación una serie de nueve haikús que escribí a partir de algunas escenas de la película El espejo (1975). Estas minucias en verso no son siquiera un pálido reflejo de las mágicas imágenes que Tarkovski es capaz de hacer vivibles con su lente, su temple y su inteligencia.
Nueve tomas para El espejo, de Tarkovsky
1
Mujer fumando.
Los arbustos se mueven.
Se acerca un hombre
2
La palizada.
Niños sobre la hamaca.
Cae la valla.
3
En el incendio
contemplar es posible
el verde bosque.
4
Una mujer corriendo.
La lluvia arrecia.
Palabra oculta.
5
Del techo caen
breves trozos de vida
sobre papeles.
6
Guerra Civil
y una errata en el libro:
la mujer llora.
7
Pasión de muerte.
Nostalgia de otra vida.
España y Rusia.
8
Sola y con lágrimas,
la mujer en la ducha:
vuelve el incendio.
9
Vida en color,
recuerdo en blanco y negro
sobre el presente.
viernes 7 de agosto de 2009
El hogar de los animales Ada
El tema del mundo femenino respecto al nacimiento, la maternidad y la muerte guía El hogar de los animales Ada, de la poeta española Yaiza Martínez. Es un libro que encarna una visión de la Naturaleza desde las fuerzas primigenias instintivas, de la familia y la camada, con el poder genésico no sólo natural sino en todos los aspectos de la vida.
El poemario se divide en tres partes. La primera se titula “La búsqueda y hermanos como ballenatos”. Al principio los vocablos relacionados con el parto cobran otros sentidos metafóricos que hacen ver el acto de dar a luz en una extensión del cuerpo materno, en una integración de vista y de sonidos, de una relación de adentro y afuera en movimiento. Así lo vemos en “Sólo así/ plúmbea/ por los instintos/ su voz le alumbra/ también/ señalando el camino”, en “Al hacerse matriz/ lo estrecho gotea hacia la nube/ infinita” y en “Y del giro brota el hijo/ tu palabra es hombre/ ceguera es presente”.
Se enuncia todo el proceso de vida como rupturas continuas, en una fragmentación que sin embargo es un todo. El nombrar hace posible en sacar a la luz, en crear, incluso la muerte. Esa creación es parte del tema del tejer, actividad asociada arquetípicamente con lo femenino, como se ve en el poema Arácnide, mientras que la confrontación entre el deseo engendrador que late siempre en el momento de un dar luz y la muerte al nacer (“Tu único sitio fue/ la ausencia de aire”) es más notorio en las cuatro partes del poema Arqueología de cuerpo.
La segunda parte se titula igual que el libro: El hogar de los animales Ada, dedicada a sus dos hijos “Samuel y Ada, racimos de oro”. La construcción de una arquetípica casa y el crecer de una familia se extiende en una proyección cósmica, adentrándose en lo esencial con una expresión escueta. Se vive otro nacimiento, como una renovada posibilidad de vida: “Apenas un año antes de que su regalo llegase/ con dedos de maíz y ojitos de vaca/ habíamos construido una casa// sin contrariar a la diosa/ temiendo su réplica”. Esa renovación de la vida es triunfo contra el Miedo: “y sin embargo,/ ya no temo el silencio del Edén// ya no busco la luz”. Porque en sus palabras se escucha un “susurro vital que es una música”.
La tercera parte se titula “El poema es la expiación”. El nombrar y el señalar son formas de ir hacia el otro, además de mirarlo, pero también de hacer una separación: “la cosa y su palabra/ sin rozarse/ los índices extendidos”. Con sus connotaciones religiosas, la nueva forma del padre se aúna al silencio de una expiación, del “dolor atragantado”, de un final con culpa. Entre las formas que albergan está la mirada que no quiere tener certezas: el poema es el cosmos.
Yaiza Martínez (Las Palmas de Gran Canaria, 1973) es autora de un poemario previo: Rumia Lilith (2001) y de la novela Las mujeres solubles (2007). Vivió y estudió en Madrid y reside actualmente en la ciudad de Cabra.
Martínez, Yaiza: El hogar de los animales Ada, Devenir-Poesía No. 207, Madrid, 2007, 76 pp.
Jorge Cortés Ancona
El poemario se divide en tres partes. La primera se titula “La búsqueda y hermanos como ballenatos”. Al principio los vocablos relacionados con el parto cobran otros sentidos metafóricos que hacen ver el acto de dar a luz en una extensión del cuerpo materno, en una integración de vista y de sonidos, de una relación de adentro y afuera en movimiento. Así lo vemos en “Sólo así/ plúmbea/ por los instintos/ su voz le alumbra/ también/ señalando el camino”, en “Al hacerse matriz/ lo estrecho gotea hacia la nube/ infinita” y en “Y del giro brota el hijo/ tu palabra es hombre/ ceguera es presente”.
Se enuncia todo el proceso de vida como rupturas continuas, en una fragmentación que sin embargo es un todo. El nombrar hace posible en sacar a la luz, en crear, incluso la muerte. Esa creación es parte del tema del tejer, actividad asociada arquetípicamente con lo femenino, como se ve en el poema Arácnide, mientras que la confrontación entre el deseo engendrador que late siempre en el momento de un dar luz y la muerte al nacer (“Tu único sitio fue/ la ausencia de aire”) es más notorio en las cuatro partes del poema Arqueología de cuerpo.
La segunda parte se titula igual que el libro: El hogar de los animales Ada, dedicada a sus dos hijos “Samuel y Ada, racimos de oro”. La construcción de una arquetípica casa y el crecer de una familia se extiende en una proyección cósmica, adentrándose en lo esencial con una expresión escueta. Se vive otro nacimiento, como una renovada posibilidad de vida: “Apenas un año antes de que su regalo llegase/ con dedos de maíz y ojitos de vaca/ habíamos construido una casa// sin contrariar a la diosa/ temiendo su réplica”. Esa renovación de la vida es triunfo contra el Miedo: “y sin embargo,/ ya no temo el silencio del Edén// ya no busco la luz”. Porque en sus palabras se escucha un “susurro vital que es una música”.
La tercera parte se titula “El poema es la expiación”. El nombrar y el señalar son formas de ir hacia el otro, además de mirarlo, pero también de hacer una separación: “la cosa y su palabra/ sin rozarse/ los índices extendidos”. Con sus connotaciones religiosas, la nueva forma del padre se aúna al silencio de una expiación, del “dolor atragantado”, de un final con culpa. Entre las formas que albergan está la mirada que no quiere tener certezas: el poema es el cosmos.
Yaiza Martínez (Las Palmas de Gran Canaria, 1973) es autora de un poemario previo: Rumia Lilith (2001) y de la novela Las mujeres solubles (2007). Vivió y estudió en Madrid y reside actualmente en la ciudad de Cabra.
Martínez, Yaiza: El hogar de los animales Ada, Devenir-Poesía No. 207, Madrid, 2007, 76 pp.
Jorge Cortés Ancona
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lunes 16 de marzo de 2009
La música verbal de Luis Rosado Vega
Jorge Cortés Ancona
Hay onomatopeyas que saltan al oído de manera que podríamos llamar objetiva. Demasiado obvias, a pesar de que en última instancia son tan arbitrarias como cualquier otra onomatopeya. Sin embargo, un consenso receptor las da por válidas, como reproductoras de los sonidos.
No diría lo mismo, en cambio, de otras onomatopeyas más subjetivas. Los sonidos no equivalen a lo que evocan, pero algo, indefinible, incatalogable, nos hace sentir como vivo aquello que se menciona en el poema. Es el caso del poema Campanas, de Luis Rosado Vega.
Mi primer contacto con ese poema fue en un exageradamente maratónico certamen de declamación (68 participantes, en un solo día), en donde escucharlo fue uno de los momentos de mayor frescura de aquella prolongada pasarela. Tan fresco que le mereció a su púber intérprete uno de los tres primeros lugares.
Me parecía estar escuchando las campanas. No era el “talán, talán”, con que arbitrariamente expresamos el sonido en español, sino una rara combinación sintáctica (repeticiones y yuxtaposiciones) y fonética (vocales fuertes y eles) que me hace oír las campanas al vuelo: “Campanas, / clamorosas campanas de mi pueblo; / lejanas campanas, /¡Cómo parece que os estoy oyendo!”.
Pasada esta claridad sonora, el poema continúa volviendo opaco ese clamor de campanas: “Hay fiesta en mi pueblo; / las campanas lo dicen riendo, /lo gritan ufanas / con su vario son, / tocad recio, más recio, campanas /de mi corazón”.
Poema un poco extenso, de estilo modernista y a base de una narración muy lírica, donde el sonar de las campanas puede oírse en distintos registros emotivos: “Y entre tanto las locas campanas / ufanas seguía con su alegre son. / Reían, reían / como si riesen en mi corazón”.
Y es que Rosado Vega tuvo uno de los mejores oídos de nuestra poesía yucateca. Una música verbal que no requería de la música instrumental para hacer valer su sonoridad, pero que sin embargo es tan flexible que se adecua maravillosamente a aquélla. No en vano el chemaxeño es el poeta que pasa por todas las etapas forjadoras de nuestra trova yucateca, como han comentado los investigadores Enrique Martín y Álvaro Vega.
Su poema más conocido, que es el de la canción Peregrina, tiene una estructura rítmica que además de ser analizada en sí misma, debería serlo también en función de la música compuesta por Ricardo Palmerín. Peregrina sigue un esquema rítmico de cláusulas de cuatro sílabas (o de tres, pero con terminación en aguda), con acentos tónicos en la tercera sílaba: “Peregrína-de ojos cláros-y divínos- y mejíllas-encendídas-de arreból”. (Este esquema por cierto es el que inmortalizó José Asunción Silva en su más conocido Nocturno “Una nóche-toda lléna-de perfúmes,-de murmúllos-y de músi-- ca de álas”).
La conjunción de estas dos músicas -la verbal del poema y la que proviene del compositor- han potenciado la sensibilidad de esa canción que ha traspasado tiempos y fronteras.
Hay onomatopeyas que saltan al oído de manera que podríamos llamar objetiva. Demasiado obvias, a pesar de que en última instancia son tan arbitrarias como cualquier otra onomatopeya. Sin embargo, un consenso receptor las da por válidas, como reproductoras de los sonidos.
No diría lo mismo, en cambio, de otras onomatopeyas más subjetivas. Los sonidos no equivalen a lo que evocan, pero algo, indefinible, incatalogable, nos hace sentir como vivo aquello que se menciona en el poema. Es el caso del poema Campanas, de Luis Rosado Vega.
Mi primer contacto con ese poema fue en un exageradamente maratónico certamen de declamación (68 participantes, en un solo día), en donde escucharlo fue uno de los momentos de mayor frescura de aquella prolongada pasarela. Tan fresco que le mereció a su púber intérprete uno de los tres primeros lugares.
Me parecía estar escuchando las campanas. No era el “talán, talán”, con que arbitrariamente expresamos el sonido en español, sino una rara combinación sintáctica (repeticiones y yuxtaposiciones) y fonética (vocales fuertes y eles) que me hace oír las campanas al vuelo: “Campanas, / clamorosas campanas de mi pueblo; / lejanas campanas, /¡Cómo parece que os estoy oyendo!”.
Pasada esta claridad sonora, el poema continúa volviendo opaco ese clamor de campanas: “Hay fiesta en mi pueblo; / las campanas lo dicen riendo, /lo gritan ufanas / con su vario son, / tocad recio, más recio, campanas /de mi corazón”.
Poema un poco extenso, de estilo modernista y a base de una narración muy lírica, donde el sonar de las campanas puede oírse en distintos registros emotivos: “Y entre tanto las locas campanas / ufanas seguía con su alegre son. / Reían, reían / como si riesen en mi corazón”.
Y es que Rosado Vega tuvo uno de los mejores oídos de nuestra poesía yucateca. Una música verbal que no requería de la música instrumental para hacer valer su sonoridad, pero que sin embargo es tan flexible que se adecua maravillosamente a aquélla. No en vano el chemaxeño es el poeta que pasa por todas las etapas forjadoras de nuestra trova yucateca, como han comentado los investigadores Enrique Martín y Álvaro Vega.
Su poema más conocido, que es el de la canción Peregrina, tiene una estructura rítmica que además de ser analizada en sí misma, debería serlo también en función de la música compuesta por Ricardo Palmerín. Peregrina sigue un esquema rítmico de cláusulas de cuatro sílabas (o de tres, pero con terminación en aguda), con acentos tónicos en la tercera sílaba: “Peregrína-de ojos cláros-y divínos- y mejíllas-encendídas-de arreból”. (Este esquema por cierto es el que inmortalizó José Asunción Silva en su más conocido Nocturno “Una nóche-toda lléna-de perfúmes,-de murmúllos-y de músi-- ca de álas”).
La conjunción de estas dos músicas -la verbal del poema y la que proviene del compositor- han potenciado la sensibilidad de esa canción que ha traspasado tiempos y fronteras.
Buenos días, camarada
Buenos días, camarada
Jorge Cortés Ancona
Una novela contada desde una mirada infantil, un recuerdo de vida donde los cambios se van dando de una manera imperceptible hasta que llegan a ser tan obvios que la sensación de pérdida obliga al recuento. Se trata de Buenos días, camarada, una novela del escritor Ondjaki, seudónimo que en una lengua angoleña significa “guerrero”.
La novela, escrita originalmente en portugués, se desarrolla en la Angola independiente, bajo el gobierno de Jose Edoardo Dos Santos y la oposición de Jonas Savimbi, cuando aún no había elecciones, el sistema alimentario se basaba en las cartillas de racionamiento y se contaba con educadores cubanos. Un niño, cuyo nombre no sabemos, relata en primera persona sus andanzas escolares y de juegos, resaltando los miedos y las observaciones respecto a las novedades que va viviendo de vista y de oídas.
Las comparaciones con el pasado colonial aparecen sobre todo a través de las palabras del camarada Antonio, el viejo criado que añora los tiempos bajo dominio portugués, que consideraba como de más orden. El niño, conforme a lo aprendido en la escuela, cree que ese pasado no podía ser mejor que la condición de independencia de su país. La comparación con el Portugal que conoce a través de las conversaciones con su tía Dada le hacen darse cuenta de que las realidades nacionales son distintas.
Las enseñanzas de los maestros cubanos, a quienes ven con admiración y a quienes habrán de extrañar a su partida son un referente de esa búsqueda ideal de la justicia social, de una lucha que las realidades económicas irán transformando. Como dice el protagonista: “Entonces también me di cuenta de que en un país, una cosa es el gobierno y otra cosa es el pueblo”.
El relato es fluido, suave, lleno de un lirismo propio de esa vida infantil donde el reconocimiento de la realidad se va dando gradualmente. Es inevitable, hablar de una novela de aprendizaje, en ese país africano que ve sus diferencias con los portugueses, los soviéticos y los cubanos. A éstos los ven con la admiración de verdaderos guerreros, pues como se dice en algún momento un angoleño probablemente no pelearía por la libertad de los cubanos, pero éstos sí lo hicieron por la libertad de los angoleños, con tanta valentía, al grado de que –según lo que este niño sabe- los sudafricanos huían antes de enfrentarse a ellos.
Es una Angola en tiempos de transición, que están formando el carácter de este chico. El contacto casero con las armas como las akás y las makarov (“Dibujar armas era normal, todo el mundo tenía pistolas en su casa o incluso akás”), los miedos como el que los estudiantes tienen hacia el Ataúd Vacío, esa fantasiosa banda de asesinos y violadores de maestras y alumnos -y cuya inquietud de que hayan llegado hace huir despavorida a toda una escuela- hablan por sí solos de lo que es crecer con los miedos a lo que no se conoce, con la experiencia de una realidad inventada con las palabras del poder.
Esta novela da pie para valorar distintas cosas como el aprendizaje obtenido con el contacto entre distintos pueblos y las condiciones de cambio de una sociedad. Con un tenue manejo de la ironía, sus gotas de humor y esa candidez que convive con la cruda realidad, tenemos una novela que nos hace pensar, por comparación, en nuestras propias sociedades latinoamericanas.
Los estereotipos del mundo africano quedan muy lejos. Lo que apreciamos en la lectura es la maestría de una narración que parece estar contando trivialidades pero que en el fondo son hechos que constituyen toda una lección de vida. El aprendizaje del niño es el mismo que nosotros tenemos guiados por su voz narrativa.
Ondjaki: Buenos días, camaradas, Almadía, Col. Mar Abierto Narrativa Contemporánea, Oaxaca, 2008, traducción de Ana Ma. García Iglesias.
Jorge Cortés Ancona
Una novela contada desde una mirada infantil, un recuerdo de vida donde los cambios se van dando de una manera imperceptible hasta que llegan a ser tan obvios que la sensación de pérdida obliga al recuento. Se trata de Buenos días, camarada, una novela del escritor Ondjaki, seudónimo que en una lengua angoleña significa “guerrero”.
La novela, escrita originalmente en portugués, se desarrolla en la Angola independiente, bajo el gobierno de Jose Edoardo Dos Santos y la oposición de Jonas Savimbi, cuando aún no había elecciones, el sistema alimentario se basaba en las cartillas de racionamiento y se contaba con educadores cubanos. Un niño, cuyo nombre no sabemos, relata en primera persona sus andanzas escolares y de juegos, resaltando los miedos y las observaciones respecto a las novedades que va viviendo de vista y de oídas.
Las comparaciones con el pasado colonial aparecen sobre todo a través de las palabras del camarada Antonio, el viejo criado que añora los tiempos bajo dominio portugués, que consideraba como de más orden. El niño, conforme a lo aprendido en la escuela, cree que ese pasado no podía ser mejor que la condición de independencia de su país. La comparación con el Portugal que conoce a través de las conversaciones con su tía Dada le hacen darse cuenta de que las realidades nacionales son distintas.
Las enseñanzas de los maestros cubanos, a quienes ven con admiración y a quienes habrán de extrañar a su partida son un referente de esa búsqueda ideal de la justicia social, de una lucha que las realidades económicas irán transformando. Como dice el protagonista: “Entonces también me di cuenta de que en un país, una cosa es el gobierno y otra cosa es el pueblo”.
El relato es fluido, suave, lleno de un lirismo propio de esa vida infantil donde el reconocimiento de la realidad se va dando gradualmente. Es inevitable, hablar de una novela de aprendizaje, en ese país africano que ve sus diferencias con los portugueses, los soviéticos y los cubanos. A éstos los ven con la admiración de verdaderos guerreros, pues como se dice en algún momento un angoleño probablemente no pelearía por la libertad de los cubanos, pero éstos sí lo hicieron por la libertad de los angoleños, con tanta valentía, al grado de que –según lo que este niño sabe- los sudafricanos huían antes de enfrentarse a ellos.
Es una Angola en tiempos de transición, que están formando el carácter de este chico. El contacto casero con las armas como las akás y las makarov (“Dibujar armas era normal, todo el mundo tenía pistolas en su casa o incluso akás”), los miedos como el que los estudiantes tienen hacia el Ataúd Vacío, esa fantasiosa banda de asesinos y violadores de maestras y alumnos -y cuya inquietud de que hayan llegado hace huir despavorida a toda una escuela- hablan por sí solos de lo que es crecer con los miedos a lo que no se conoce, con la experiencia de una realidad inventada con las palabras del poder.
Esta novela da pie para valorar distintas cosas como el aprendizaje obtenido con el contacto entre distintos pueblos y las condiciones de cambio de una sociedad. Con un tenue manejo de la ironía, sus gotas de humor y esa candidez que convive con la cruda realidad, tenemos una novela que nos hace pensar, por comparación, en nuestras propias sociedades latinoamericanas.
Los estereotipos del mundo africano quedan muy lejos. Lo que apreciamos en la lectura es la maestría de una narración que parece estar contando trivialidades pero que en el fondo son hechos que constituyen toda una lección de vida. El aprendizaje del niño es el mismo que nosotros tenemos guiados por su voz narrativa.
Ondjaki: Buenos días, camaradas, Almadía, Col. Mar Abierto Narrativa Contemporánea, Oaxaca, 2008, traducción de Ana Ma. García Iglesias.
miércoles 7 de mayo de 2008
El mal del ímpetu
Mirando el siglo XIX, con su creciente auge industrial y una febril actividad productiva en comparación con los siglos anteriores, es de pensar que tendría que manifestarse una actitud de extrañeza y una reacción a favor de la naturaleza. Una resistencia a ser dominados por ese mundo industrial, que es una característica del movimiento romántico.
Una novela que de manera muy irónica expresa una actitud similar ante la naturaleza ante una industrialización apenas mencionada, es El mal del ímpetu, del ruso Iván Gonchárov (1812-1891), traducida por primera vez al español gracias a Selma Ancira. En esta novela corta la familia Zúrov padece de un impulso irresistible que los domina y que es el de volverse “incapaces de permanecer en casa durante el verano: en eso consiste esa dolencia extraña y mortal”.
“Una fuerza irresistible los expulsa de la ciudad” para llevarlos a recorridos a menudo no exentos de pequeños o grandes peligros: “se lanzan a vadear los ríos, se sumergen en los pantanos, se abren paso por entre tupidos matorrales cubiertos de espinas, trepan a los árboles más altos; ¡cuántas veces se han caído, se han precipitado en abismos, se han hundido en el lodo, han tiritado de frío e incluso, qué horror, han padecido hambre y sed!”.
El narrador en primera persona, Fílip Klímovich, se entera de este mal luego de percibir una extraña agitación en los tranquilos miembros de la familia. Asombrado por esos atisbos, recurre a su amigo Tiazhelenko, hombre que se pasa todo el día acostado, comiendo sin parar y si caso sentándose una sola vez para el almuerzo. Su inactividad es el polo opuesto de ese mal del ímpetu que aqueja a la familia Zúrov.
De sus deducciones se considera como culpable originario del mal a un hombre “pensativo y melancólico por naturaleza”, que es el huraño y frío Verenitsyn. Si ya esa condición despierta sospechas para estigmatizarlo, más lo será el pensar que es debido a sus múltiples andanzas por lugares exóticos, víctima de un conjuro, ya que “los hechiceros asiáticos siempre fueron más sabios que los europeos”.
Fílip Klímovich con la ayuda del holgazán Tizhelenko tratará de disuadir a la familia Zúrov y a Verenitsy de persistir en el mal. Tratarán por diversos medios de impedir sus andanzas o cuando menos de curarlos. De alejarlos de esa atracción por la naturaleza y las aventuras. Algo hay de una cruzada por ambos lados y por ello no es extraña la alusión a Pedro el Ermitaño.
Ya en esta novela estamos viendo un conflicto respecto a la naturaleza, que se está volviendo algo ajeno, salvaje, contrario a esa modernidad llena de urbanismo y racionalismo. Desde otro punto de vista parecerá una manía naturística, de atracción por un paraíso perdido. Un mundo ecológico en ciernes; “imagínense que en este trozo de paraíso terrenal han instalado una… ¿qué fábrica, mon oncle? Otra vez lo he olvidado”. Y es una fábrica de grasas llena de asfixiante humo.
La novela es ágil y divertida, con sus partes de fantasía en lo real como la abuela que puede predecir los cambios del clima con sólo tocarse alguna parte del cuerpo en que sufra dolencias. La misma abuela que aun ciega se empeña en ir hacia el campo a vivir las aventuras con los demás.
La novela refleja la creciente medicalización de la conducta social yde los afanes por controlar y disciplinar los cuerpos. Una aplicación foucaultiana en un análisis amplio sería muy provechosa para analizar este relato.
Como se puede ver Gonchárov fue un contemporáneo de Tolstoi, Dostoievski y Turguéniev. Menos conocido que éstos, ahora es posible acceder a su obra, avalado por la deliciosa traducción de Selma Ancira.
Gonchárov, Iván: El mal del ímpetu, Coedición Ediciones Fósforo-Ediciones Sin Nombre-Conaculta, México, 2007, traducción de Selma Ancira, 95 pp..
Una novela que de manera muy irónica expresa una actitud similar ante la naturaleza ante una industrialización apenas mencionada, es El mal del ímpetu, del ruso Iván Gonchárov (1812-1891), traducida por primera vez al español gracias a Selma Ancira. En esta novela corta la familia Zúrov padece de un impulso irresistible que los domina y que es el de volverse “incapaces de permanecer en casa durante el verano: en eso consiste esa dolencia extraña y mortal”.
“Una fuerza irresistible los expulsa de la ciudad” para llevarlos a recorridos a menudo no exentos de pequeños o grandes peligros: “se lanzan a vadear los ríos, se sumergen en los pantanos, se abren paso por entre tupidos matorrales cubiertos de espinas, trepan a los árboles más altos; ¡cuántas veces se han caído, se han precipitado en abismos, se han hundido en el lodo, han tiritado de frío e incluso, qué horror, han padecido hambre y sed!”.
El narrador en primera persona, Fílip Klímovich, se entera de este mal luego de percibir una extraña agitación en los tranquilos miembros de la familia. Asombrado por esos atisbos, recurre a su amigo Tiazhelenko, hombre que se pasa todo el día acostado, comiendo sin parar y si caso sentándose una sola vez para el almuerzo. Su inactividad es el polo opuesto de ese mal del ímpetu que aqueja a la familia Zúrov.
De sus deducciones se considera como culpable originario del mal a un hombre “pensativo y melancólico por naturaleza”, que es el huraño y frío Verenitsyn. Si ya esa condición despierta sospechas para estigmatizarlo, más lo será el pensar que es debido a sus múltiples andanzas por lugares exóticos, víctima de un conjuro, ya que “los hechiceros asiáticos siempre fueron más sabios que los europeos”.
Fílip Klímovich con la ayuda del holgazán Tizhelenko tratará de disuadir a la familia Zúrov y a Verenitsy de persistir en el mal. Tratarán por diversos medios de impedir sus andanzas o cuando menos de curarlos. De alejarlos de esa atracción por la naturaleza y las aventuras. Algo hay de una cruzada por ambos lados y por ello no es extraña la alusión a Pedro el Ermitaño.
Ya en esta novela estamos viendo un conflicto respecto a la naturaleza, que se está volviendo algo ajeno, salvaje, contrario a esa modernidad llena de urbanismo y racionalismo. Desde otro punto de vista parecerá una manía naturística, de atracción por un paraíso perdido. Un mundo ecológico en ciernes; “imagínense que en este trozo de paraíso terrenal han instalado una… ¿qué fábrica, mon oncle? Otra vez lo he olvidado”. Y es una fábrica de grasas llena de asfixiante humo.
La novela es ágil y divertida, con sus partes de fantasía en lo real como la abuela que puede predecir los cambios del clima con sólo tocarse alguna parte del cuerpo en que sufra dolencias. La misma abuela que aun ciega se empeña en ir hacia el campo a vivir las aventuras con los demás.
La novela refleja la creciente medicalización de la conducta social yde los afanes por controlar y disciplinar los cuerpos. Una aplicación foucaultiana en un análisis amplio sería muy provechosa para analizar este relato.
Como se puede ver Gonchárov fue un contemporáneo de Tolstoi, Dostoievski y Turguéniev. Menos conocido que éstos, ahora es posible acceder a su obra, avalado por la deliciosa traducción de Selma Ancira.
Gonchárov, Iván: El mal del ímpetu, Coedición Ediciones Fósforo-Ediciones Sin Nombre-Conaculta, México, 2007, traducción de Selma Ancira, 95 pp..
domingo 30 de marzo de 2008
La Guerra de Castas novelizada
Jorge Cortés Ancona
El tema de la Guerra de Castas ha sido abordado a través de la novela en distintos momentos. Entre las más recientes, figuran obras de Joaquín Bestard (El cuello del jaguar) y de Silvia Molina (La noche de Ascensión Tun). De manera generalizada, conocemos la versión histórica más popular por su aire novelesco que es La Guerra de Castas de Yucatán, de Nelson Reed, quizá la aproximación histórica que más se ha generalizado entre el público por sus numerosas reediciones tanto en español como en el original inglés.
Ahora, Hernán Lara Zavala, en su segunda novela, aborda este complejo y candente tema. Se trata de la novela Península, Península, que se divide en dos partes (una de 15 capítulos y otra de 11) y un epílogo. Encontramos a un narrador ubicado en el tiempo actual, que escribe con computadora y hace referencias constantes al acto de escribir esta novela, incluso con una elaboración retórica clásica. Este narrador, que apela desde el exordio al lector, deja en boca de los varios protagonistas el contar la historia.
Los modos varían. Uno es la visión omnisciente relacionada con el novelista José Turrisa. Otra es la secuencia de Genaro Montore, contrapunteado con la de su esposa Lorenza, para formar una versión moderna del mito de Ulises. Una tercera es la de la institutriz inglesa, Mrs. Anne Marie Bell, desde su llegada a Campeche y luego a Hopelchén, en este caso a través de un diario personal. Otra es la del alcohólico Dr. Fitzpatrick y su perro. Por último, las secuencias de Jacinto Pat y Cecilio Chi, complementándose la de este último con la de su amante María y su secretario, el ex sacristán, Anastasio. Dentro de casi todas estas historias está presente la Iglesia, sobre a todo a través del Obispo Celestino Onésimo Arrigunaga (agudamente ocurrentes son las tres partes de este nombre que encubre al real José María Guerra), y en menos grado, de otros curas.
Demasiadas historias como para desarrollarse, lo cual indica un complicado plan trazado por el autor. Esto permite una visión múltiple acerca de este conflicto histórico, dejando ver los entrecruces y enredos de los intereses y problemas de la política, la religión, la familia, los negocios, la vida intelectual y la explotación en la que están inmersos los personajes, todo en el fragor de la guerra.
Intratextualmente, el narrador se pregunta: “¿Nos encontramos ante una novela histórica? No estaría tan seguro. Dudo que el adjetivo ‘histórico’ logre superar el sustantivo ‘novela’. ¿Cómo escribir una novela basada en hechos reales del siglo XIX sin rendirse a las convicciones de la novela decimonónica? ¿Cómo resolver el conflicto, si acaso existe, entre ficción e historia” (p.79).
En última instancia, el tema de la verdad y de la ficción flota de manera explícita, bajo la idea aristotélica de que la poesía es más verdadera que la historia porque habla de lo universal y no de lo particular como ésta. Bajo este postulado de ficcionalizar la historia a su libre albedrío, el autor se sirve de interesantes licencias, válidas como la de desdoblar a Justo Sierra O’Reilly (mencionado unas cuantas veces en la novela) y a José Turrisa (el seudónimo que empleó en la vida real don Justo Sierra). Este efecto da un aire fantasioso a todo el relato, a la vez que vuelve carnal, humano al controversial personaje de bronce.
Es verdad que esta es una novela histórica (con la intención más o menos explícita de proyectarse al presente), que por tanto puede manejarse con libertades en el tratamiento de las realidades. Sin embargo, adolece de algunos errores de contexto que atañen tanto a la verdad como a la verosimilitud. Uno es la ausencia de la Ciudadela de San Benito en la enumeración de los edificios principales y distintivos. Nuestra elevada construcción –una de las escasas- tenía que ser demasiado notoria para ser relegada. ¿Se comían panuchos en el siglo XIX? ¿Bailarían jarana los arrogantes y europeizados catrines urbanos del siglo XIX en una velada doméstica de gente rica? ¿Eran Catedrales las iglesias principales de Campeche y de Valladolid a mediados del siglo XIX? (La primera lo es desde fines de dicho siglo; la segunda nunca lo ha sido).
A diferencia de lo estudiado por Lukács en la novela histórica que es la de emplear como eje a un personaje más bien mediano, de no muy grandes virtudes ni defectos, aquí actúa toda una galería, con un claro enfoque en la gente que detentaba el poder en todos los bandos. A la vez, contrario a otra situación analizada por el teórico húngaro, de que en la novela histórica se ve una parte de la vida que sintetiza la totalidad de ésta, mientras deja como trasfondo el conflicto mayor, en esta novela se ve éste en su intensidad. Tales son algunos de los riesgos de la novela como lo es también tratar de recrear la novela decimonónica, con menciones y alusiones a las escritas por Sierra O’Reilly. Algo como un folletín, deteniendo la historia y con suspensos prolongados en que los cabos quedan sueltos por un lapso considerable y luego se retoman, para irse cerrando, a veces un tanto abruptamente como en el caso del Dr. Fitzpatrick.
Es una novela fluida, muy centrada en las acciones que abarca desde los conflictos políticos que se abordan con una expresión de tipo historicista hasta los conflictos domésticos, incluso los que rozan la chismografía. La interacción de los problemas sociales y políticos y su dependencia a veces trágica de los individuales como es el fin de Cecilio Chi es una forma de romper con los convencionales criterios en que se percibe la llamada Historia con mayúsculas: con sus veleidades el individuo también interviene en los hechos históricos.
¿Dónde veo el principal problema de esta novela por demás muy recomendable en su lectura? Lo veo en esa ardua dificultad de poder interiorizar narrativamente la mentalidad de los indígenas. No sólo es un problema de verismo, no muy considerable en una obra literaria, sino sobre todo de verosimilitud, ya que tanto Chi como Pat parecen expresarse, actuar y pensar como si fueran unos ladinos, tergiversando la esencia de su lucha. Su mundo parece ser el de una búsqueda de prebendas personales y saqueos.
Se narra que Chi habla en español y firma cartas (hasta dónde yo sé, por orgullosa voluntad propia, era monolingüe de maya y no sabía leer y escribir). También es absurda la presunción de Jacinto Pat en cuanto a jactarse de sus libros (él si era bilingüe y alfabetizado), sobre todo en cuanto a que su favorito era el Chilam Balam. Como si éste fuera un libro impreso en esa época y como si un líder maya del XIX lo considerara como una propiedad individual (el libro como fetiche personal) y no lo viera, en cambio, como un objeto sagrado y comunitario: un libro que pertenece a toda una comunidad desde tiempos ancestrales y que expresa una verdad colectiva.
Lara Zavala se arriesgó mucho en este sentido; olvidó la lección de Rulfo de no interiorizar en los personajes indígenas por la dificultad o imposibilidad de entender su filosofía y las razones esenciales de sus costumbres. El resultado son un Pat y un Chi bastante vulgarizados, a pesar de que se hallan al otro extremo de la acrítica actitud de verlos como héroes idealistas e impolutos, lo cual me hubiera parecido menos grave. La visión es inevitablemente colonizadora al no dejarles su propia voz y presentarlos tan “ladinizados”.
Aparte de eso, la novela sigue el cauce gozoso de la buena narración. Empieza algo lenta por las detenciones para darle voz y vista a nuevos personajes, pero una vez que la novela avanza no queremos dejar la lectura. A la altura de las noventa páginas me daba la impresión de que el ascenso de la novela era penoso y que corría el riesgo de desbarrancarse o de perderse en una tupida selva, pero logra avanzar y llegar a un punto de claridad. Hay toda una incisiva crítica al poder, al colonialismo y algunos malos hábitos de la Iglesia, que merecen ser estudiados en detalle, al igual que el papel de los objetos y de los espacios, como la microhistoria del reloj de Hopelchén.
En este múltiple recorrido por los puntos neurálgicos de la Península: Mérida, Campeche, Hopelchén, Tihosuco, Valladolid y tantas poblaciones, tenemos una de las más importantes novelas de tema histórico referidas a nuestra región peninsular.
Lara Zavala, Hernán: Península, Península, Alfaguara, México, 2008, 363 pp.
El tema de la Guerra de Castas ha sido abordado a través de la novela en distintos momentos. Entre las más recientes, figuran obras de Joaquín Bestard (El cuello del jaguar) y de Silvia Molina (La noche de Ascensión Tun). De manera generalizada, conocemos la versión histórica más popular por su aire novelesco que es La Guerra de Castas de Yucatán, de Nelson Reed, quizá la aproximación histórica que más se ha generalizado entre el público por sus numerosas reediciones tanto en español como en el original inglés.
Ahora, Hernán Lara Zavala, en su segunda novela, aborda este complejo y candente tema. Se trata de la novela Península, Península, que se divide en dos partes (una de 15 capítulos y otra de 11) y un epílogo. Encontramos a un narrador ubicado en el tiempo actual, que escribe con computadora y hace referencias constantes al acto de escribir esta novela, incluso con una elaboración retórica clásica. Este narrador, que apela desde el exordio al lector, deja en boca de los varios protagonistas el contar la historia.
Los modos varían. Uno es la visión omnisciente relacionada con el novelista José Turrisa. Otra es la secuencia de Genaro Montore, contrapunteado con la de su esposa Lorenza, para formar una versión moderna del mito de Ulises. Una tercera es la de la institutriz inglesa, Mrs. Anne Marie Bell, desde su llegada a Campeche y luego a Hopelchén, en este caso a través de un diario personal. Otra es la del alcohólico Dr. Fitzpatrick y su perro. Por último, las secuencias de Jacinto Pat y Cecilio Chi, complementándose la de este último con la de su amante María y su secretario, el ex sacristán, Anastasio. Dentro de casi todas estas historias está presente la Iglesia, sobre a todo a través del Obispo Celestino Onésimo Arrigunaga (agudamente ocurrentes son las tres partes de este nombre que encubre al real José María Guerra), y en menos grado, de otros curas.
Demasiadas historias como para desarrollarse, lo cual indica un complicado plan trazado por el autor. Esto permite una visión múltiple acerca de este conflicto histórico, dejando ver los entrecruces y enredos de los intereses y problemas de la política, la religión, la familia, los negocios, la vida intelectual y la explotación en la que están inmersos los personajes, todo en el fragor de la guerra.
Intratextualmente, el narrador se pregunta: “¿Nos encontramos ante una novela histórica? No estaría tan seguro. Dudo que el adjetivo ‘histórico’ logre superar el sustantivo ‘novela’. ¿Cómo escribir una novela basada en hechos reales del siglo XIX sin rendirse a las convicciones de la novela decimonónica? ¿Cómo resolver el conflicto, si acaso existe, entre ficción e historia” (p.79).
En última instancia, el tema de la verdad y de la ficción flota de manera explícita, bajo la idea aristotélica de que la poesía es más verdadera que la historia porque habla de lo universal y no de lo particular como ésta. Bajo este postulado de ficcionalizar la historia a su libre albedrío, el autor se sirve de interesantes licencias, válidas como la de desdoblar a Justo Sierra O’Reilly (mencionado unas cuantas veces en la novela) y a José Turrisa (el seudónimo que empleó en la vida real don Justo Sierra). Este efecto da un aire fantasioso a todo el relato, a la vez que vuelve carnal, humano al controversial personaje de bronce.
Es verdad que esta es una novela histórica (con la intención más o menos explícita de proyectarse al presente), que por tanto puede manejarse con libertades en el tratamiento de las realidades. Sin embargo, adolece de algunos errores de contexto que atañen tanto a la verdad como a la verosimilitud. Uno es la ausencia de la Ciudadela de San Benito en la enumeración de los edificios principales y distintivos. Nuestra elevada construcción –una de las escasas- tenía que ser demasiado notoria para ser relegada. ¿Se comían panuchos en el siglo XIX? ¿Bailarían jarana los arrogantes y europeizados catrines urbanos del siglo XIX en una velada doméstica de gente rica? ¿Eran Catedrales las iglesias principales de Campeche y de Valladolid a mediados del siglo XIX? (La primera lo es desde fines de dicho siglo; la segunda nunca lo ha sido).
A diferencia de lo estudiado por Lukács en la novela histórica que es la de emplear como eje a un personaje más bien mediano, de no muy grandes virtudes ni defectos, aquí actúa toda una galería, con un claro enfoque en la gente que detentaba el poder en todos los bandos. A la vez, contrario a otra situación analizada por el teórico húngaro, de que en la novela histórica se ve una parte de la vida que sintetiza la totalidad de ésta, mientras deja como trasfondo el conflicto mayor, en esta novela se ve éste en su intensidad. Tales son algunos de los riesgos de la novela como lo es también tratar de recrear la novela decimonónica, con menciones y alusiones a las escritas por Sierra O’Reilly. Algo como un folletín, deteniendo la historia y con suspensos prolongados en que los cabos quedan sueltos por un lapso considerable y luego se retoman, para irse cerrando, a veces un tanto abruptamente como en el caso del Dr. Fitzpatrick.
Es una novela fluida, muy centrada en las acciones que abarca desde los conflictos políticos que se abordan con una expresión de tipo historicista hasta los conflictos domésticos, incluso los que rozan la chismografía. La interacción de los problemas sociales y políticos y su dependencia a veces trágica de los individuales como es el fin de Cecilio Chi es una forma de romper con los convencionales criterios en que se percibe la llamada Historia con mayúsculas: con sus veleidades el individuo también interviene en los hechos históricos.
¿Dónde veo el principal problema de esta novela por demás muy recomendable en su lectura? Lo veo en esa ardua dificultad de poder interiorizar narrativamente la mentalidad de los indígenas. No sólo es un problema de verismo, no muy considerable en una obra literaria, sino sobre todo de verosimilitud, ya que tanto Chi como Pat parecen expresarse, actuar y pensar como si fueran unos ladinos, tergiversando la esencia de su lucha. Su mundo parece ser el de una búsqueda de prebendas personales y saqueos.
Se narra que Chi habla en español y firma cartas (hasta dónde yo sé, por orgullosa voluntad propia, era monolingüe de maya y no sabía leer y escribir). También es absurda la presunción de Jacinto Pat en cuanto a jactarse de sus libros (él si era bilingüe y alfabetizado), sobre todo en cuanto a que su favorito era el Chilam Balam. Como si éste fuera un libro impreso en esa época y como si un líder maya del XIX lo considerara como una propiedad individual (el libro como fetiche personal) y no lo viera, en cambio, como un objeto sagrado y comunitario: un libro que pertenece a toda una comunidad desde tiempos ancestrales y que expresa una verdad colectiva.
Lara Zavala se arriesgó mucho en este sentido; olvidó la lección de Rulfo de no interiorizar en los personajes indígenas por la dificultad o imposibilidad de entender su filosofía y las razones esenciales de sus costumbres. El resultado son un Pat y un Chi bastante vulgarizados, a pesar de que se hallan al otro extremo de la acrítica actitud de verlos como héroes idealistas e impolutos, lo cual me hubiera parecido menos grave. La visión es inevitablemente colonizadora al no dejarles su propia voz y presentarlos tan “ladinizados”.
Aparte de eso, la novela sigue el cauce gozoso de la buena narración. Empieza algo lenta por las detenciones para darle voz y vista a nuevos personajes, pero una vez que la novela avanza no queremos dejar la lectura. A la altura de las noventa páginas me daba la impresión de que el ascenso de la novela era penoso y que corría el riesgo de desbarrancarse o de perderse en una tupida selva, pero logra avanzar y llegar a un punto de claridad. Hay toda una incisiva crítica al poder, al colonialismo y algunos malos hábitos de la Iglesia, que merecen ser estudiados en detalle, al igual que el papel de los objetos y de los espacios, como la microhistoria del reloj de Hopelchén.
En este múltiple recorrido por los puntos neurálgicos de la Península: Mérida, Campeche, Hopelchén, Tihosuco, Valladolid y tantas poblaciones, tenemos una de las más importantes novelas de tema histórico referidas a nuestra región peninsular.
Lara Zavala, Hernán: Península, Península, Alfaguara, México, 2008, 363 pp.
miércoles 19 de marzo de 2008
Parados en el cable
Jorge Cortés Ancona
La vida de los chavos ricos de la actualidad es el tema de la novela Cuervos, de Daniel Krauze (nacido en México, D.F., en 1985). Un mundo donde fornicar, consumir cocaína y mota y andar en la peda son una rutina normal, muy aparte de la escuela que apenas es una lejana referencia. Violento mundo masculino de tranquizas constantes, de antros nocturnos, de buscar chavas y coger, coger, coger, con la imaginación o por la fuerza o en los extremos de la intoxicación, mientras la frivolidad llena el resto del tiempo.
Conforme a la fácil movilidad internacional de la vida contemporánea, la novela se desenvuelve en diversos lugares, ya sea México, Acapulco o varias ciudades europeas, en un paso de unos seis años. La novela no sigue un orden cronológico sino que se fragmenta en diversos momentos. El protagonista es colectivo a pesar de que los dos rivales principales son el solitario y recatado David Andreu y el riquillo Santiago Hernández, gerente de cinco bares a sus 23 años de edad. Los demás son el agresivo Matías, el engreído Miguel y el ciber-fanático Fernando, acompañados de algunos otros como el obeso y antipático Pollo.
Uno de ellos ve en una calle de París, el símbolo de lo que son: “Seguimos caminando por la estación vacía. Volteo hacia el andén y veo un enorme letrero de cinco cuervos parados sobre un cable de luz. Atrás de ellos hay un cielo azul, sin una sola nube. Todos parecen estar viendo a un lugar diferente, pero supongo que tienen el mismo propósito, sea cual sea. O quizás no tienen ninguno. Sólo viven ahí parados en el cable, viendo pasar los trenes, repletos de personas con un itinerario, con un lugar adonde ir”.
En medio de bares y fiestas de todo tipo, late la discriminación hacia los ajenos, ya sea a través de los cadeneros a la entrada de los antros que restringen el paso a los nacos y a los sin importancia, o bajo la indicación de que la casa acapulqueña está vedada a “las indias”. Es la visión de una clase alta carente y ausente del sentido de la vida. El ambiente de los videojuegos, el uso de computadoras (con pornografía e imágenes snuff incluidos), el lenguaje juvenil en boga, a la vez que una visión poética en ciertos pasajes, crean un ambiente verosímil y lógico de la joven masculinidad.
La novela muestra diferentes enfoques y diversos espacios, en todos los cuales está vivo el goce del momento y la real o latente soledad existencial. El desajuste temporal, con cambios constantes de narrador refuerza el ambiente de dislocación en que viven los personajes. El aparente caos narrativo corresponde al verdadero caos de los cinco jóvenes.
Es una novela de jóvenes que deja ver un mundo más allá de lo juvenil. Por un lado hace evidente la perdida de la memoria que caracteriza a las generaciones nuevas, su evasión constante respecto a otras generaciones y su desapego por los afectos. A pesar de que la superficialidad reina en la vida vacía de los personajes, la novela tiene una densidad reflexiva que es uno de sus valores.
Conforme a la representación tradicional, los cuervos resaltan en la luz, son de mal agüero y su graznido no es agradable al oído. Estos jóvenes tuvieron alguna vez 12 años, alguna vez 18 años. Son jóvenes y son cuervos, que aún tienen una larga vida por vivir. La pregunta que se hace David, luego de que mira y recuerda viejas imágenes vividas, sigue vibrando: “¿Cuándo dejamos de ser aquéllos para convertirnos en éstos?”.
Krauze, Daniel: Cuervos, Planeta, México, 2007, 181 pp.
La vida de los chavos ricos de la actualidad es el tema de la novela Cuervos, de Daniel Krauze (nacido en México, D.F., en 1985). Un mundo donde fornicar, consumir cocaína y mota y andar en la peda son una rutina normal, muy aparte de la escuela que apenas es una lejana referencia. Violento mundo masculino de tranquizas constantes, de antros nocturnos, de buscar chavas y coger, coger, coger, con la imaginación o por la fuerza o en los extremos de la intoxicación, mientras la frivolidad llena el resto del tiempo.
Conforme a la fácil movilidad internacional de la vida contemporánea, la novela se desenvuelve en diversos lugares, ya sea México, Acapulco o varias ciudades europeas, en un paso de unos seis años. La novela no sigue un orden cronológico sino que se fragmenta en diversos momentos. El protagonista es colectivo a pesar de que los dos rivales principales son el solitario y recatado David Andreu y el riquillo Santiago Hernández, gerente de cinco bares a sus 23 años de edad. Los demás son el agresivo Matías, el engreído Miguel y el ciber-fanático Fernando, acompañados de algunos otros como el obeso y antipático Pollo.
Uno de ellos ve en una calle de París, el símbolo de lo que son: “Seguimos caminando por la estación vacía. Volteo hacia el andén y veo un enorme letrero de cinco cuervos parados sobre un cable de luz. Atrás de ellos hay un cielo azul, sin una sola nube. Todos parecen estar viendo a un lugar diferente, pero supongo que tienen el mismo propósito, sea cual sea. O quizás no tienen ninguno. Sólo viven ahí parados en el cable, viendo pasar los trenes, repletos de personas con un itinerario, con un lugar adonde ir”.
En medio de bares y fiestas de todo tipo, late la discriminación hacia los ajenos, ya sea a través de los cadeneros a la entrada de los antros que restringen el paso a los nacos y a los sin importancia, o bajo la indicación de que la casa acapulqueña está vedada a “las indias”. Es la visión de una clase alta carente y ausente del sentido de la vida. El ambiente de los videojuegos, el uso de computadoras (con pornografía e imágenes snuff incluidos), el lenguaje juvenil en boga, a la vez que una visión poética en ciertos pasajes, crean un ambiente verosímil y lógico de la joven masculinidad.
La novela muestra diferentes enfoques y diversos espacios, en todos los cuales está vivo el goce del momento y la real o latente soledad existencial. El desajuste temporal, con cambios constantes de narrador refuerza el ambiente de dislocación en que viven los personajes. El aparente caos narrativo corresponde al verdadero caos de los cinco jóvenes.
Es una novela de jóvenes que deja ver un mundo más allá de lo juvenil. Por un lado hace evidente la perdida de la memoria que caracteriza a las generaciones nuevas, su evasión constante respecto a otras generaciones y su desapego por los afectos. A pesar de que la superficialidad reina en la vida vacía de los personajes, la novela tiene una densidad reflexiva que es uno de sus valores.
Conforme a la representación tradicional, los cuervos resaltan en la luz, son de mal agüero y su graznido no es agradable al oído. Estos jóvenes tuvieron alguna vez 12 años, alguna vez 18 años. Son jóvenes y son cuervos, que aún tienen una larga vida por vivir. La pregunta que se hace David, luego de que mira y recuerda viejas imágenes vividas, sigue vibrando: “¿Cuándo dejamos de ser aquéllos para convertirnos en éstos?”.
Krauze, Daniel: Cuervos, Planeta, México, 2007, 181 pp.
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