domingo, 7 de febrero de 2016

El cinismo perfecto


 
                                    Jorge Cortés Ancona

Es erróneo pensar que “La dictadura perfecta”, dirigida por Luis Estrada, es una película de denuncia contra el sistema político actual. Ante todo, debemos verla como una de las manifestaciones mayores del cinismo que envuelve a nuestro sistema político mexicano.
Es ampliamente conocida la construcción de la imagen del presidente en turno a través del control televisivo. Se habló tanto de ello en tantas páginas y tantos medios audiovisuales, que poco sorprende haber llevado a la pantalla esa historia que ya de por sí conlleva mucho de farsa. Incluso, se pretende mostrar a las redes sociales y los periódicos impresos como medios secundarios, sujetos a los dictados televisivos.

Como han señalado algunos investigadores, el sistema mexicano ha llegado al grado de planear sus acciones impopulares o delicadas y prever todas las reacciones que podrían desatarse, a su vez con sus respectivos modos de contrarrestarlas y controlarlas. En toda medida económica previenen las posibles consecuencias; en cada paso que dan ya saben muy bien cuáles serán los diez siguientes. Por eso se atrevieron a imponer en simultáneo tantas reformas riesgosas (energética, fiscal, educativa, política, de seguridad, etc.). Sólo les ha costado trabajo controlar casos no previstos en el guión político como la tragedia de Ayotzinapa.

Ha habido mucha eficacia en la asimilación de las teorías de la comunicación y de las teorías literarias. Conforme a ellas, aunadas al pragmatismo político, pueden saber qué recursos emplear a fin de propiciar la reacción del público mayoritario a su conveniencia. Pueden mostrar al desnudo sus métodos de manipulación informativa y alardear su falta de ética periodística.

Por tanto, “La Dictadura Perfecta” no despertará conciencias y antes que remover la indignación, surtirá efecto de moraleja a través de una patraña: para los espectadores deberá quedar claro que quien manda es la televisión y que contra ésta no se puede hacer nada. Que la televisión construye la verdad que rige a este país y que cuenta con los medios para destruir toda personalidad ética irreprochable, tal como se ejemplifica con la trampa al diputado Morales, apodado “El Mesías”, opositor honesto del corrupto Carmelo Vargas, gobernador de un indefinido estado dominado por el narco.

 En esta película de humor negro -cuyo título proviene de una famosa frase de Mario Vargas Llosa para caracterizar al régimen mexicano- se habla de cajas chinas, que consisten en cajas metidas dentro de otras de manera sucesiva. En literatura existe este recurso desde hace siglos y se le conoce como “construcción en abismo”, pero en lo que parece ser una variante de la jerga televisiva, consiste en desviar la atención hacia un hecho político de efectos riesgosos dando a conocer un suceso sensacionalista que acapara la atención del público.

Un tema similar ya había sido tratado en la película “Wag the Dog” (que en México circuló como “Escándalo en la Casa Blanca”), de Barry Levinson, en 1997, donde para desviar la atención de un escándalo sexual y de un fracaso bélico, se fabrica televisivamente una invasión a Albania y se remarca el drama de una niña huérfana albanesa que huía de las balas con su mascota, aunque se tratara en realidad de una grabación en estudio y un eficiente montaje.

“La Dictadura Perfecta” funciona también como una caja china. Primeramente demuestra que el público no distingue entre realidad y ficción y que en el fondo desea el engaño visualmente agradable. Si sufre con los melodramas telenovelescos más que con los auténticos de su propia vida, si cree que es verdad lo que ve en los “reality shows”, perfectamente aceptará esta perversa construcción de la realidad como preferible a la que efectivamente sucedió. Se buscan emociones, no verdades. O en todo caso, trayendo a colación otro recuerdo de Vargas Llosa, se goza con “la verdad de las mentiras”. 

La moraleja dosificada a través del humor negro será que no es inútil toda lucha contra el sistema mexicano de poder. Que la represión campea con plena impunidad. Que a pesar de una conducta ética intachable moriremos en la mayor de las ignominias. Que las empresas televisivas constituyen el verdadero poder que manda en México y que no hay manera de contrarrestarlas. Que la propia Televisa puede darse el lujo de autoburlarse, de autoparodiarse en un filme, sin que ello traiga más consecuencias que un leve desahogo del público. Es más –caja china de nuevo- ante los problemas actuales funciona a manera de distractor menor.

La película es entretenida en sus dos horas y veintitrés minutos de duración, eficiente en todos sus aspectos técnicos cinematográficos, con correctas actuaciones de sus actores y actrices, muchos de ellos muy conocidos del público por laborar en Televisa. Como suele ocurrir con el cine mexicano, se muestra la modernidad, el refinamiento y el orden de la gran capital mexicana y, en contraste, una caricaturizada, burda y caótica “provincia”, sumida en un tiempo mineralizado y empantanada en la violencia primitiva. Queda claro en la película de qué manera es ocioso luchar contra el estado de cosas imperante.

 

Las transgresiones en una novela de Eligio Ancona


 


                                Jorge Cortés Ancona

“Rosendo y Luisa, o la recompensa de la virtud”, novela corta en doce capítulos que Eligio Ancona (1836-1893) escribió a los 15 años de edad y que permaneció formalmente inédita hasta la muy reciente publicación de la Secretaría de la Cultura y las Artes (dictaminado por su Consejo Editorial) y Conaculta, guarda valores más allá de lo que las apariencias y los prejuicios indican. Su recuperación se debe a la familia Espadas-Ancona y al investigador Óscar García Solana.
Si bien es probable que su final se haya precipitado –como señala García Solana- porque se le acababan las hojas del cuaderno que hizo a mano como soporte para escribir la novela, pienso, que más bien Eligio Ancona se desentendió del desenlace porque ya había dicho lo que tenía que decir. Estamos en un terreno de puras conjeturas, ya que carecemos de información acerca de las circunstancias en que se escribió esta novela y de detalles de la vida del autor en esos tiempos.

Me centro en apuntar a grandes rasgos ciertos pasajes de la novela que irremediablemente me retraen al psicoanálisis y donde habría mucho que analizar, al grado quizá de la sobreinterpretación. El riesgo es estimulante. Para empezar, el incesto inconsciente y la rebelión contra el padre, además del caso de ingratitud, en la historia inserta de Sandalio, donde Ismael, hermano suyo que resultó ser hijo adoptivo y es en realidad su primo (y de quien no se sabía aún tal condición), se roba a la novia del hijo mayor del hombre que lo cuidó como padre, y la cual resulta ser su hermana. Poco después, Ismael roba a su prima, hija de su protector y con quien había convivido toda su vida considerándola su hermana.

Es un caso de rebelión contra el padre, en este caso contra los dos padres: el que abandonó y el que protegió, con el incesto latente tanto con la hermana verdadera como con aquella con quien se convivió como tal. A fin de cuentas, nos enteraremos de que el transgresor de las leyes de la hospitalidad y de la familia, morirá despedazado por un toro, que podría simbolizar también a cualquiera de los dos padres. (¿Y no el Ismael bíblico, padre de los árabes, es medio hermano de Isaac, padre de los hebreos?).

Alegóricamente, podría verse como el doble intento de forzar un matrimonio, fracasando en su consumación en ambos casos. ¿Podría interpretarse como el español, que se vuelve ingrato y termina abusando de los herederos legítimos de esta tierra, los indígenas? Me inclino más por lo contrario, conforme a la mentalidad decimonónica de las élites yucatecas: el ingrato sería el indígena, salvado de la pobreza y de la barbarie, que trata de robarse infructuosamente el tesoro sagrado de sus protectores.

Sobre esto, hay que remarcar que la novela se escribió en 1852, en plena Guerra de Castas, y se desarrolla en Mérida y otras partes de Yucatán, aunque de manera textual, no hay más que una referencia incidental hacía lo indígena: “Un indio me hacía señas. Preguntéle en su lengua qué me quería y él entonces pronunció tímidamente la palabra ‘Valentín””.

Ya en el primer capítulo, la “fortuna”, que es más bien el inconsciente, le habla, en una especie de estilo indirecto libre, donde se imbrican en una sola la voz del narrador y la del protagonista hablándose a sí mismo en segunda persona. Cito: “¿A dónde vas, infortunado joven? Tu imprudente acción te sumergirá en un mar de desdichas. Detén tus pasos, Rosendo. Uno que des atrás quizás te salvará. ¿No te acuerdas que te prohibieron la entrada en casa de tu amante, desde la muerte de su padre? ¿Lo has olvidado, Rosendo? Detente. No sigas”. El miedo está presente en su desdoblamiento personal, prefigurador de remordimientos morales en el protagonista, como el que le impulsará a salvar la vida a su rival en amores.

Pero sobre todo, destaco el tema de un sueño del protagonista, relacionado con la Iglesia: “Soñó verse en una capilla de la hacienda San José. Luisa, hincada junto al altar, ¡cielos!, casaba con Dn. Alfonso. A dos varas de éste estaba él de rodillas contemplando al sacerdote que decía la misa. Al virarse para echar la bendición sobre los casados, Rosendo, reparando en el sacerdote, ¡qué horror!, descubre las horribles facciones de Dña. Olalla y en aquel momento en que temblando de espanto miraba a la madrastra ve acercarse a Valentín, que mostrando el altar le decía: ‘Ahora contemple Ud. su obra, Rosendo’; y ocultándose tras una cortina de seda, desapareció. Algunos segundos después el infeliz amante oyó la explosión de un arma de fuego que volvió ruinas la capilla”.

No recuerdo en la literatura mexicana anterior a las Leyes de Reforma ninguna crítica directa o alegórica a la Iglesia, como se ve aquí. En esa imagen que se anticipa al surrealismo de Luis Buñuel, el padre con el rostro de la odiosa y avara madrastra de Luisa, con un nombre de resonancias medievales como es Olalla (que en gallego significa Eulalia, que remite a una santa de la Mérida española); el remordimiento encarnado en el mensajero Valentín, y por último, la iglesia que se derrumba de manera violenta, como una prefiguración de lo que habría de ocurrir, al menos en el plano legal, algunos años después.

Todas estas partes señaladas tienen mucho de transgresiones a la moral y política de la época. Sobre todo, el relato onírico donde se muestran indicios perversos de la Iglesia, que se narran como proyecciones de la propia mentalidad del autor. Quizá Eligio Ancona no quiso publicar nunca esta juvenil novela corta por razones de prudencia.

 

 

 

"Cada quien su paraíso"





                                                                        
 
                        Jorge Cortés Ancona
Entre tantas miradas que podemos hacer en cuanto a Cancún, más allá de su condición de paraíso turístico y polo de atracción del todo el mundo, figura sus aportaciones en materia literaria. Desde hace más de dos décadas diversos escritores se han encargado de formar un campo literario, con revistas como “Tropo a la uña” (dirigida por Miguel Meza, con un equipo de colaboradores originarios de Quintana Roo o residentes en dicho estado), ediciones diversas, talleres literarios y actividades de difusión literaria. Su posición respecto a otros escritores ha sido plural a nivel de ciudad y estado y, también con una apertura hacia toda la Península de Yucatán.

Pero Cancún desde hace muchos años aparece en el mapa de las noticias con temas escalofriantes. En una oposición reveladora de nuestros tiempos coexisten con una frontera imaginaria dos mundos, uno desconectado del tiempo y lleno de paz y naturaleza, junto a otro, donde se vive la difícil sobrevivencia. Un mundo de narcotráfico, violencia callejera, robos a mano armada y casas-habitación. La ciudad más violenta de esta región que aún presume –no del todo justificadamente- el disfrute de la tranquilidad.

A ese mundo difícil corresponde el libro “Cada quien su paraíso”, de Miguel Meza, compuesto de trece cuentos de diversa extensión. Todos están ligados a la realidad inmediata y contemporánea más allá de sus ubicaciones precisas, pues aunque reconocemos el entorno cancunense en varios de estos relatos, pueden ser considerados como de la realidad de cualquier ciudad latinoamericana de hoy en día. Esto se debe, no sólo a la tendencia a la pérdida de identidad de las propias ciudades, sino sobre todo por los temas tratados como el narcotráfico, la violencia intrafamiliar, la delincuencia organizada que incluye a las presuntas fuerzas del orden, y en particular por un ambiente de frustración y soledad, que flota en los relatos.

Esta frustración se percibe en la predominancia del tema sexual. Una insatisfacción que busca diversos cauces para llenarse, aun a costa de la vida y la familia. No parece haber lazos firmes sino conveniencias. Una sexualidad que sólo llena vacíos. Es paradójico que a pesar de las libertades sexuales ganadas, de los múltiples ofrecimientos y tentaciones legalizadas que se difunden por medios que van desde lo más tradicional hasta lo más tecnologizado, encontremos a estos seres palpables, humanos, verdaderos prójimos nuestros, con toda su carga de insatisfacción a cuestas.

Los relatos se centran en un solo hecho con personajes que cumplen funciones justificadas dentro de la trama. Cada texto mantiene su unidad e independencia, pero forman a la vez un conjunto compacto, lo cual otorga unidad como libro. La prosa es clara, con casi todos los narradores en tercera persona y descripciones muy concretas de los ambientes.

¿Es Cancún un paraíso? ¿Toda esta situación de violencia, despersonalización y desarraigo es la contraparte de esa felicidad ofrecida al mundo y que sólo unos pocos privilegiados pueden disfrutar a cabalidad? 

No existe una intención explícita de denuncia. No se trata de moralizar. El narrador presenta un universo de acciones creíbles, mundos propios donde seres humanos se enfrentan a obstáculos que acosan su voluntad y su libre albedrío. Mucha humanidad y una condición ética comprensiva, en relatos que se completan de modo contundente.

Meza, Miguel, Cada quien su paraíso, Letramar, Fondo Editorial del Centro de Creatividad Literaria, Cancún, 2014.

 

 

Sumisión


 
                                                                                                     Jorge Cortés Ancona

Paseándose con temperamento irónico por los problemas y las angustias políticas actuales, la novela “Sumisión”, de Michel Houellebecq, traza un itinerario interior que va desde el individualismo hasta las colectividades mayores, proyectando al año 2022 las situaciones latentes de la actualidad. 
François, el narrador en primera persona, es un hombre de 50 años, soltero, solitario, distante de sus padres divorciados y consciente de la edad en que se encuentra, aunque todavía proclive a las mujeres jóvenes como compañeras sexuales. Académico especializado en la obra de Joris-Karl Huysmans, escritor francés del siglo XIX, el sexo parece ser el centro obsesivo de su vida.  
El decadentismo de Huysmans, convertido en su madurez a un fervoroso catolicismo, es correlativo del de este estudioso universitario de su vida y obra. La Europa decadente del primero conduce a la Primera Guerra Mundial; la del protagonista de “Sumisión” lleva a que Francia sea gobernada democráticamente por Mohammed Ben Abbes, de la Hermandad Musulmana en coalición con un partido de izquierda, derrotando al ultraderechista Frente Nacional, de Marine Le Pen. A Francia le seguirá Bélgica como país bajo gobierno musulmán, y puede entenderse  que los vecinos cercanos también seguirán el mismo camino. ¿Por qué Europa es susceptible de islamizarse y no otras regiones del mundo?
Ante ello, François, jubilado a la fuerza, vivirá una serie de actos anodinos, una especie de búsqueda espiritual infructuosa en un monasterio. Si un joven académico de derecha manifiesta su rechazo a la obra de Sartre y a Camus, el comportamiento de François a lo largo de varios capítulos recuerda al de Meursault en la novela “El extranjero”, de Camus, incluyendo la indiferencia por la muerte de sus progenitores y su actitud de dejar pasar el tiempo pasivamente, aunque el protagonista será condenado a muerte bajo pretexto legal de haber matado a un árabe. Cerca del final de esta novela y dentro del juego de las ironías, François será convidado a beber una copa de Meursault, una variedad de vino de Borgoña, por un académico convertido al Islam.
Las primeras víctimas, las principales, de las nuevas condiciones morales en Francia son las mujeres. Incluso desaparecen de los actos protocolarios universitarios y sólo se mantienen como alumnas que deben portar velo. El narrador se remite a Nietzsche en su idea de que el Cristianismo es una religión femenina. ¿Por eso son ellas las víctimas de ese cambio? Islam significa “sumisión” y puede entenderse como la de las mujeres al hombre y la de éstos a Dios. Por esas difíciles perspectivas, Myriam, joven judía y la última amante de François, se va a vivir junto con los demás judíos franceses a Israel y él no parece extrañar de ella más que su culo, al que se refiere en varias ocasiones.
Una Europa entrampada en indefiniciones, en objetivos de vida. Un Islam no compacto, sino diverso, con fuerzas económicas en competencia (saudíes contra cataríes). La complicación vital de los europeos es opuesta a la aceptación optimista de los musulmanes (lo cual nos recuerda en algo al “Cándido”, de Voltaire). Para éstos el mundo está bien como está por ser obra de Dios, que es perfecto. El mundo no es un valle de lágrimas y esa actitud marca una gran diferencia con el Occidente cristiano. La visión islámica se aproxima más a la Edad Media románica, que en esta novela se evoca a través de la visita a la Virgen Negra del Santuario Católico de Rocamadour, en Martel.
El pragmatismo árabes de Ben Abbas queda de manifiesto son su sorprendente adopción del distributismo de origen católico británico, de Gilbert Keith Chesterton y de Hilaire Belloc. Además, la Francia islamista no hace desaparecer ni la prostitución ni el consumo de alcohol.
El relato abunda en referencias a la literatura francesa de fines del siglo XIX y también alude a modos de narrar en la literatura francesa, por ejemplo, del Nouveau Roman , tendencia que el joven académico derechista también rechaza y de la que algo hay en la descripción de tantos detalles de apariencia trivial, pero que están cargados de sentido.
Uno de los dardos más efectivos tiene como blanco a los universitarios. Acomodaticios al pensamiento en boga, los académicos adoptan el Islam como una moda intelectual más, aun con la carga de errores que conlleve. Queda de manifiesto con sarcasmo la veleidad de los académicos, ya lejos de ser un grupo de presión como lo fueron alguna vez.
Ahora, en cambio, hiper-especializados en un solo escritor -como el narrador en Huysmans, autor de la novela “Al revés”, hedonista y pesimista, con referencias sexuales, incluyendo las de tipo homosexual- esas minucias de conocimiento, que conducen a callejones sin salida, a un camino monótono y aislado, equivalencia de individualismo. En el colofón, Houellbecq indica que nunca fue universitario y que todo lo que de verosímil aparece en esta novela deriva de la asesoría de una profesora universitaria.
Los académicos se adaptaran felizmente, sobre todo por la posibilidad de contar con más de una esposa, inclusive una tierna adolescente, sin que los acusen de pederastas. La Sorbona islamizada (¿por qué después de tanta referencia al culo no decir “sodomizada”?).
El Islam es político, como reza el epígrafe del Ayatola Jomeini y recuerda el narrador que es la única religión que pide que la liturgia en cualquier lugar del mundo sea un solo idioma: el árabe (como ocurrió durante siglos con el latín en el rito latino de la Iglesia Católica). En la novela se trata con respeto al Islam, muy lejos de una visión apocalíptica. Sin embargo la noche en que terminé de leer la novela, sufrí de insomnio, imaginando la posibilidad de que, en efecto, el mundo se islamice. Esta broma de un futuro 2022 puede llegar a ser verdad por cuestiones de reproducción biológica aunadas al superpoder económico y sus conveniencias.
Houellebecq, Michel (2015): “Sumisión”, Anagrama, Madrid-México, traducción de Joan Riambau, 283 pp.

martes, 9 de diciembre de 2014

El segundo largometraje yucateco y mexicano


 

                                              Jorge Cortés Ancona

En Yucatán se filmó el primer largometraje mexicano como sabemos conforme a las investigaciones de Luis Ramírez Aznar y de Gabriel Ramírez, autor del libro “El cine yucateco”. Los dos productores y directores fueron Manuel Cirerol Sansores y Carlos Martínez de Arredondo, que fundaron la empresa denominada con el acrónimo de sus apellidos: Cirmar.

En nuestra tierra tan orgullosamente regionalista ha habido muchas manifestaciones artísticas y literarias devotas de la Historia de México y una de ellas es ese filme denominado “1810 ó Los libertadores”. Ya el segundo largometraje, titulado, “Amor que triunfa” tenía un argumento de tipo más cotidiano y más alegre.

Filmada en el Parque del Centenario, las casonas de Alonso Guerra y Pedro de Regil y las playas de Progreso, la película fue dirigida por Cirerol y fotografiada por Martínez de Arredondo. Se estrenó el 15 de abril de 1917 en el Teatro Peón Contreras, y meses después, el 7 de julio, en el Cine Venecia de la ciudad de México.

De toda esta producción fílmica sólo se han conservado descripciones de los argumentos, testimonios acerca de la producción y material impreso como anuncios e inserciones en periódicos y revistas. Conexo a ello, fotos de varios de los actores. Que yo sepa –puedo estar equivocado- no se habían reproducido fotos relativas a la película misma. Pero al menos, gracias a la benemérita labor de quienes trabajan en la Biblioteca Yucatanense de la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán podemos conocer además cuando menos cuatro fotogramas de esa segunda película, además de alguna reseña y otros textos e imágenes alusivos a la misma.

A través de la columna sobre cine que por aquellos años escribía Hipólito Seijas, seudónimo del poeta y dramaturgo Rafael Pérez Taylor, puede conocerse el argumento:

“’El amor que triunfa’ es una novela corta de amor que tiene sus detalles dramáticos y comienza por una serie de escenas cómicas desempeñadas por [Reinaldo] Tirado. Este es un marido que no hallando la tan cantada felicidad en el hogar, sale en busca de alegría en el paraíso donde Pierrot y Colombina tienen sus sitiales. Va en busca de una ‘Bella Lucerito’, tiple amable, que no regatea caricias por una cena o un fistol. El alba los sorprende en plena orgía, y recordándose de que tiene mujer, deja a la amante y huye a su hogar.

Ángel, su hijo, padece de melancolía y sufre visitas y sermones de estirados frailes; pero llegan pidiendo hospedaje, dos lindas mujercitas, como una ‘chanson parisién’ y no tiene la señora más remedio que darles alojamiento. Con este motivo, María Caballé, una graciosa ‘divette’ en boga y ‘La Lucerito’ se llevan al padre que es buen marido y al joven Ángel que es un dechado de humildad.

En la playa, se bañan la Caballé y la Lucerito, cuando le sobreviene un accidente a la primera y Ángel la salva, enamorándose de ella y se casa, a pesar de los aspavientos de su madre, de la protesta clerical y de la sociedad anatematizadora”.

Las imágenes de dicha película aparecen en las portadas de la Revista del Cinema, publicación yucateca de 1916-1917, dirigida por Valeriano Ibáñez Cobeño, que usaba el seudónimo de Kaiser en sus escritos sobre cine. En las portadas diseñadas por Leopoldo F. Quijano, en marzo y abril de 1917 se incluyó un recuadro con distintos fotogramas del largometraje yucateco “Amor que triunfa”, algo que es de destacar en virtud de lo que suponemos pérdida total de ese filme, tan sugerente conforme a esas fotos.

La primera presenta a un grupo de gente en pleno jolgorio y vestidos con la elegancia de moda en la época, en torno a una mesa, donde se ven manjares y una botella de vino. En la segunda, se ve siempre la fiesta, con damas y caballeros sentadas a la mesa y otros de pie, unos sonrientes, otros más solemnes. La tercera tal vez corresponde a un momento posterior al rescate de la bañista, ya que se ve a una mujer desmayada y a una persona con traje de baño. En la cuarta, se ve a una pareja de jóvenes tomados de la mano en el porche de una de las casonas, acompañados de otra dama y con un automóvil al fondo.   

En conjunto las cuatro fotos dan una idea general acerca de este segundo largometraje. Es de fundamental importancia que se registren en otros formatos y que con la tecnología actual puedan admirarse con mayor claridad y en mayores dimensiones.

 

 

 

 

Leopoldo F. Quijano y la Revista del Cinema



                           Jorge Cortés Ancona

El pintor y dibujante Leopoldo F. Quijano vivió en Yucatán durante los tiempos en que gobernó Salvador Alvarado. Su historia va de la mano con los inicios de la Escuela de Bellas Artes, donde ejerció como maestro, y con las publicaciones efectuadas en el lapso que va de 1916 a 1919 como El henequén y varias portadas de libros como el drama de tema prehispánico “La flecha del sol”, de Antonio Mediz Bolio y la novela “Eugenia”, de Eduardo Urzaiz.

 Desconocemos su lugar de origen y de fallecimiento, y en cuanto a su persona, sólo existe la caricatura realizada por el pintor Víctor Montalvo en 1916, pero su obra es reconocible porque los diseños incluían la indicación de autoría y en cuanto a él su firma muestra en sus primeros diseños una escritura en letra de imprenta convencional y en otros un monograma con un triángulo, que parece aludir al Partido Socialista del Sureste, además de su simbolismo masónico.

Quijano realizó en estilo Art Nouveau varias portadas de una publicación yucateca especializada que fue la Revista del Cinema, dirigida por Valeriano Ibáñez y cuyo primer número está fechado el 10 de noviembre de 1916. En el directorio de dicha revista aparece como uno de los dibujantes junto con un ilustrador de apellido Hernández. Una nota indica que “el dibujo de la portada es del maestro dibujante señor Quijano y el grabado y tricomía del Señor Armando Manzanilla, así como el cliché de la eminente y trágica actriz Italiana Francesca Bertini” (p. 18).

Quijano también es autor del logotipo que encabeza el editorial de esa revista pionera: un águila con las alas desplegadas, que sostiene una cinta de cinematógrafo con la leyenda “Revista del cinematógrafo”.  La firma aparece como: “Dib. L. Quijano y Manz. Grab” y es posible que también ambos sean autores de las viñetas que ornan las páginas interiores de la revista.

En la número 2, del 17 de noviembre de 1916, y repetida en los dos números siguientes, aparece una mujer recostada en una recámara de lujo, sobre cojines, que tiene ante sus manos un racimo de uvas moradas y manzanas rojas. Se ve una vidriera en pequeños pedazos al fondo. Incluso el piso. Lo que varía es la imagen del recuadro, que en el mencionado número  muestra la foto de la actriz Mary Fuller, de la casa Trans-Atlantic Film Co.(Universal Films), en varios colores. La relación con el cine parece ser más bien como escena sugerente de… 

En el número 5 del 8 de diciembre de 1916 se presenta el mismo fondo pero con referencias medievales, mujer a caballo, armadura, estandarte y letra tipo gótico. En la repetición en los siguientes números se ve en el recuadro a actrices como María Caballé y Pina Demichelli. En la foto No. 11 del 18 de enero de 1917, la imagen es distinta: dos mujeres y la sombra de una pareja en la vidriera, con apariencia de acuarela. Esta imagen se repite en el No. 12 del 25 de enero de 1917, el No. 14 del 9 de febrero de 1917 y el No. 18 de 9 de marzo de 1917.

Es autor de anuncios publicitarios de las Píldoras “Filofemina” así como de la viñeta de encabezado de la sección “Por el Interior del estado”, la de “Noticias Locales” y la de “Desde Progreso”, con una mujer atada a un poste con las piernas dentro del mara la manera de las mujeres sadomasoquistas de Julio Ruelas (Un dibujo de Hernández donde se ve una cabeza de mujer encadenada por una cinta de cinematógrafo, es influencia también de Ruelas).

Destaca en varios números, con variantes cromáticas en sepia, violeta o verde, con dos rostros y el recuadro de la empresa Cirmar, con distintos fotogramas del largometraje yucateco “Amor que triunfa”, algo que es de destacar en virtud de lo que suponemos pérdida total de ese filme, tan sugerente conforme a esas fotos.

La obra de Quijano muestra una notable calidad estética, con ambientes imaginativos e integración de iconos de distintas culturales. Merece que se elabore un catálogo con sus portadas, ilustraciones, diseños publicitarios y viñetas.

 

 

 

 

domingo, 3 de noviembre de 2013

"Ese tono del tiempo"



                                                              Jorge Cortés Ancona
“En cada hoja / que vuela por los aires desprendida / del árbol secular, cae una vida”, pasaje que representa lo que es la poesía y el mundo de Francisco A. de Icaza. No se ancla en la Historia, pero sí en el tiempo, sobre todo en su fugacidad.

Lejos de expresarse con angustia desbordada lo hace más bien con la tranquila reflexión ante esas sencillas manifestaciones de la vida como cuando mira hacia la infancia que juega y desconoce el sufrimiento del porvenir. En Icaza late una actitud ante la vida donde se valoran los hechos comunes. No falsea el amor, ni se exalta ante las circunstancias. No hay cambios bruscos ni en los temas ni en el estilo: a pesar del paso de los años, un mismo temperamento.

Poemas breves, algunos sumamente cortos. Endecasílabos y versos de arte menor; algunos alejandrinos. Unos pocos sonetos. En sus versos de levedad y distinción señoriales “no se siente el esfuerzo”, como decía Enrique Díez-Canedo. “El ritmo es implacable. Los versos están engarzados con tal arte, que no se advierten las junturas”, afirmaba Ramiro de Maeztu. Sus rimas tienen esa rara condición de estar imbuidas de silencio, aunque percibamos un ritmo sabiamente pausado que produce un sentimiento de armonía en nuestro ánimo de lectores.

Ese ritmo es dulce, sereno, sencillo. Evocador de ese sonido tan espiritual del agua que corre. Poesía fresca, cristalina, distante de un fervor religioso, aunque trasunta un equilibrio interior, una resignación ante el paso de la vida y el destino inexorable.

Abunda el color, porque el poeta ostenta un espíritu de pintor y de escultor. Por su sensación de la forma -modelador de líneas fluidas- hace de cada uno de sus poemas una pieza impecable, a manera de un ánfora refinada. Esa vocación plástica verbal habría de concretarse en su nieto Francisco Icaza, integrante del grupo humanístico de Los Interioristas, también llamado Nueva Presencia.

Poeta cristalino para el que no es que triste la nieve. “Lo fúnebre es la niebla”.   ¿De México? Una mención apenas a la bandera y el escudo nacionales, en un par de estrofas. Los suyo son los paisajes de ciudades y pueblos españoles, pero sobre todo los paisajes del alma.

Una breve composición suya: “Dale limosna, mujer, / que no hay en la vida nada / como la pena de ser / ciego en Granada”, está tan incorporada a la tradición popular que incluso en las grabaciones de varios autobuses turísticos de la mencionada ciudad andaluza ni siquiera se menciona su autoría.  (Como tampoco mencionan la existencia de la famosa canción que Agustín Lara dedicó a esa bellísima ciudad).

Hasta su cinismo es mesurado y pasa inadvertido. (“Quiéreme, que aunque es seguro / que mi amor no es casto y puro, / te he de querer mucho y bien. (…) Piensa de diverso modo; / mira que el amor es todo, / y amémonos bien los dos. / No hables de virtud cristiana, / que si te canso… mañana / podrás entregarte a Dios”).

Francisco Asís de Icaza nació en 1863 -hace 150 años- en la ciudad de México y murió en 1925 en Madrid. En vida se le reconoció como un insigne erudito, especialista en el Siglo de Oro. Una compilación amplia de sus poemas es la de Cancionero de la vida honda y de la emoción fugitiva, publicado en Madrid en 1928, libro organizado en diversas secciones, y que desde el inicio (“También el alma tiene lejanías”) hasta el final (“símbolo de mi vida / será mi corazón una zarza florida”) hace gala de una integridad lírica sin fisuras ni caídas. En verdad, muy poco se le ha reeditado.