domingo, 7 de febrero de 2016

"Cada quien su paraíso"





                                                                        
 
                        Jorge Cortés Ancona
Entre tantas miradas que podemos hacer en cuanto a Cancún, más allá de su condición de paraíso turístico y polo de atracción del todo el mundo, figura sus aportaciones en materia literaria. Desde hace más de dos décadas diversos escritores se han encargado de formar un campo literario, con revistas como “Tropo a la uña” (dirigida por Miguel Meza, con un equipo de colaboradores originarios de Quintana Roo o residentes en dicho estado), ediciones diversas, talleres literarios y actividades de difusión literaria. Su posición respecto a otros escritores ha sido plural a nivel de ciudad y estado y, también con una apertura hacia toda la Península de Yucatán.

Pero Cancún desde hace muchos años aparece en el mapa de las noticias con temas escalofriantes. En una oposición reveladora de nuestros tiempos coexisten con una frontera imaginaria dos mundos, uno desconectado del tiempo y lleno de paz y naturaleza, junto a otro, donde se vive la difícil sobrevivencia. Un mundo de narcotráfico, violencia callejera, robos a mano armada y casas-habitación. La ciudad más violenta de esta región que aún presume –no del todo justificadamente- el disfrute de la tranquilidad.

A ese mundo difícil corresponde el libro “Cada quien su paraíso”, de Miguel Meza, compuesto de trece cuentos de diversa extensión. Todos están ligados a la realidad inmediata y contemporánea más allá de sus ubicaciones precisas, pues aunque reconocemos el entorno cancunense en varios de estos relatos, pueden ser considerados como de la realidad de cualquier ciudad latinoamericana de hoy en día. Esto se debe, no sólo a la tendencia a la pérdida de identidad de las propias ciudades, sino sobre todo por los temas tratados como el narcotráfico, la violencia intrafamiliar, la delincuencia organizada que incluye a las presuntas fuerzas del orden, y en particular por un ambiente de frustración y soledad, que flota en los relatos.

Esta frustración se percibe en la predominancia del tema sexual. Una insatisfacción que busca diversos cauces para llenarse, aun a costa de la vida y la familia. No parece haber lazos firmes sino conveniencias. Una sexualidad que sólo llena vacíos. Es paradójico que a pesar de las libertades sexuales ganadas, de los múltiples ofrecimientos y tentaciones legalizadas que se difunden por medios que van desde lo más tradicional hasta lo más tecnologizado, encontremos a estos seres palpables, humanos, verdaderos prójimos nuestros, con toda su carga de insatisfacción a cuestas.

Los relatos se centran en un solo hecho con personajes que cumplen funciones justificadas dentro de la trama. Cada texto mantiene su unidad e independencia, pero forman a la vez un conjunto compacto, lo cual otorga unidad como libro. La prosa es clara, con casi todos los narradores en tercera persona y descripciones muy concretas de los ambientes.

¿Es Cancún un paraíso? ¿Toda esta situación de violencia, despersonalización y desarraigo es la contraparte de esa felicidad ofrecida al mundo y que sólo unos pocos privilegiados pueden disfrutar a cabalidad? 

No existe una intención explícita de denuncia. No se trata de moralizar. El narrador presenta un universo de acciones creíbles, mundos propios donde seres humanos se enfrentan a obstáculos que acosan su voluntad y su libre albedrío. Mucha humanidad y una condición ética comprensiva, en relatos que se completan de modo contundente.

Meza, Miguel, Cada quien su paraíso, Letramar, Fondo Editorial del Centro de Creatividad Literaria, Cancún, 2014.

 

 

Sumisión


 
                                                                                                     Jorge Cortés Ancona

Paseándose con temperamento irónico por los problemas y las angustias políticas actuales, la novela “Sumisión”, de Michel Houellebecq, traza un itinerario interior que va desde el individualismo hasta las colectividades mayores, proyectando al año 2022 las situaciones latentes de la actualidad. 
François, el narrador en primera persona, es un hombre de 50 años, soltero, solitario, distante de sus padres divorciados y consciente de la edad en que se encuentra, aunque todavía proclive a las mujeres jóvenes como compañeras sexuales. Académico especializado en la obra de Joris-Karl Huysmans, escritor francés del siglo XIX, el sexo parece ser el centro obsesivo de su vida.  
El decadentismo de Huysmans, convertido en su madurez a un fervoroso catolicismo, es correlativo del de este estudioso universitario de su vida y obra. La Europa decadente del primero conduce a la Primera Guerra Mundial; la del protagonista de “Sumisión” lleva a que Francia sea gobernada democráticamente por Mohammed Ben Abbes, de la Hermandad Musulmana en coalición con un partido de izquierda, derrotando al ultraderechista Frente Nacional, de Marine Le Pen. A Francia le seguirá Bélgica como país bajo gobierno musulmán, y puede entenderse  que los vecinos cercanos también seguirán el mismo camino. ¿Por qué Europa es susceptible de islamizarse y no otras regiones del mundo?
Ante ello, François, jubilado a la fuerza, vivirá una serie de actos anodinos, una especie de búsqueda espiritual infructuosa en un monasterio. Si un joven académico de derecha manifiesta su rechazo a la obra de Sartre y a Camus, el comportamiento de François a lo largo de varios capítulos recuerda al de Meursault en la novela “El extranjero”, de Camus, incluyendo la indiferencia por la muerte de sus progenitores y su actitud de dejar pasar el tiempo pasivamente, aunque el protagonista será condenado a muerte bajo pretexto legal de haber matado a un árabe. Cerca del final de esta novela y dentro del juego de las ironías, François será convidado a beber una copa de Meursault, una variedad de vino de Borgoña, por un académico convertido al Islam.
Las primeras víctimas, las principales, de las nuevas condiciones morales en Francia son las mujeres. Incluso desaparecen de los actos protocolarios universitarios y sólo se mantienen como alumnas que deben portar velo. El narrador se remite a Nietzsche en su idea de que el Cristianismo es una religión femenina. ¿Por eso son ellas las víctimas de ese cambio? Islam significa “sumisión” y puede entenderse como la de las mujeres al hombre y la de éstos a Dios. Por esas difíciles perspectivas, Myriam, joven judía y la última amante de François, se va a vivir junto con los demás judíos franceses a Israel y él no parece extrañar de ella más que su culo, al que se refiere en varias ocasiones.
Una Europa entrampada en indefiniciones, en objetivos de vida. Un Islam no compacto, sino diverso, con fuerzas económicas en competencia (saudíes contra cataríes). La complicación vital de los europeos es opuesta a la aceptación optimista de los musulmanes (lo cual nos recuerda en algo al “Cándido”, de Voltaire). Para éstos el mundo está bien como está por ser obra de Dios, que es perfecto. El mundo no es un valle de lágrimas y esa actitud marca una gran diferencia con el Occidente cristiano. La visión islámica se aproxima más a la Edad Media románica, que en esta novela se evoca a través de la visita a la Virgen Negra del Santuario Católico de Rocamadour, en Martel.
El pragmatismo árabes de Ben Abbas queda de manifiesto son su sorprendente adopción del distributismo de origen católico británico, de Gilbert Keith Chesterton y de Hilaire Belloc. Además, la Francia islamista no hace desaparecer ni la prostitución ni el consumo de alcohol.
El relato abunda en referencias a la literatura francesa de fines del siglo XIX y también alude a modos de narrar en la literatura francesa, por ejemplo, del Nouveau Roman , tendencia que el joven académico derechista también rechaza y de la que algo hay en la descripción de tantos detalles de apariencia trivial, pero que están cargados de sentido.
Uno de los dardos más efectivos tiene como blanco a los universitarios. Acomodaticios al pensamiento en boga, los académicos adoptan el Islam como una moda intelectual más, aun con la carga de errores que conlleve. Queda de manifiesto con sarcasmo la veleidad de los académicos, ya lejos de ser un grupo de presión como lo fueron alguna vez.
Ahora, en cambio, hiper-especializados en un solo escritor -como el narrador en Huysmans, autor de la novela “Al revés”, hedonista y pesimista, con referencias sexuales, incluyendo las de tipo homosexual- esas minucias de conocimiento, que conducen a callejones sin salida, a un camino monótono y aislado, equivalencia de individualismo. En el colofón, Houellbecq indica que nunca fue universitario y que todo lo que de verosímil aparece en esta novela deriva de la asesoría de una profesora universitaria.
Los académicos se adaptaran felizmente, sobre todo por la posibilidad de contar con más de una esposa, inclusive una tierna adolescente, sin que los acusen de pederastas. La Sorbona islamizada (¿por qué después de tanta referencia al culo no decir “sodomizada”?).
El Islam es político, como reza el epígrafe del Ayatola Jomeini y recuerda el narrador que es la única religión que pide que la liturgia en cualquier lugar del mundo sea un solo idioma: el árabe (como ocurrió durante siglos con el latín en el rito latino de la Iglesia Católica). En la novela se trata con respeto al Islam, muy lejos de una visión apocalíptica. Sin embargo la noche en que terminé de leer la novela, sufrí de insomnio, imaginando la posibilidad de que, en efecto, el mundo se islamice. Esta broma de un futuro 2022 puede llegar a ser verdad por cuestiones de reproducción biológica aunadas al superpoder económico y sus conveniencias.
Houellebecq, Michel (2015): “Sumisión”, Anagrama, Madrid-México, traducción de Joan Riambau, 283 pp.

martes, 9 de diciembre de 2014

El segundo largometraje yucateco y mexicano


 

                                              Jorge Cortés Ancona

En Yucatán se filmó el primer largometraje mexicano como sabemos conforme a las investigaciones de Luis Ramírez Aznar y de Gabriel Ramírez, autor del libro “El cine yucateco”. Los dos productores y directores fueron Manuel Cirerol Sansores y Carlos Martínez de Arredondo, que fundaron la empresa denominada con el acrónimo de sus apellidos: Cirmar.

En nuestra tierra tan orgullosamente regionalista ha habido muchas manifestaciones artísticas y literarias devotas de la Historia de México y una de ellas es ese filme denominado “1810 ó Los libertadores”. Ya el segundo largometraje, titulado, “Amor que triunfa” tenía un argumento de tipo más cotidiano y más alegre.

Filmada en el Parque del Centenario, las casonas de Alonso Guerra y Pedro de Regil y las playas de Progreso, la película fue dirigida por Cirerol y fotografiada por Martínez de Arredondo. Se estrenó el 15 de abril de 1917 en el Teatro Peón Contreras, y meses después, el 7 de julio, en el Cine Venecia de la ciudad de México.

De toda esta producción fílmica sólo se han conservado descripciones de los argumentos, testimonios acerca de la producción y material impreso como anuncios e inserciones en periódicos y revistas. Conexo a ello, fotos de varios de los actores. Que yo sepa –puedo estar equivocado- no se habían reproducido fotos relativas a la película misma. Pero al menos, gracias a la benemérita labor de quienes trabajan en la Biblioteca Yucatanense de la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán podemos conocer además cuando menos cuatro fotogramas de esa segunda película, además de alguna reseña y otros textos e imágenes alusivos a la misma.

A través de la columna sobre cine que por aquellos años escribía Hipólito Seijas, seudónimo del poeta y dramaturgo Rafael Pérez Taylor, puede conocerse el argumento:

“’El amor que triunfa’ es una novela corta de amor que tiene sus detalles dramáticos y comienza por una serie de escenas cómicas desempeñadas por [Reinaldo] Tirado. Este es un marido que no hallando la tan cantada felicidad en el hogar, sale en busca de alegría en el paraíso donde Pierrot y Colombina tienen sus sitiales. Va en busca de una ‘Bella Lucerito’, tiple amable, que no regatea caricias por una cena o un fistol. El alba los sorprende en plena orgía, y recordándose de que tiene mujer, deja a la amante y huye a su hogar.

Ángel, su hijo, padece de melancolía y sufre visitas y sermones de estirados frailes; pero llegan pidiendo hospedaje, dos lindas mujercitas, como una ‘chanson parisién’ y no tiene la señora más remedio que darles alojamiento. Con este motivo, María Caballé, una graciosa ‘divette’ en boga y ‘La Lucerito’ se llevan al padre que es buen marido y al joven Ángel que es un dechado de humildad.

En la playa, se bañan la Caballé y la Lucerito, cuando le sobreviene un accidente a la primera y Ángel la salva, enamorándose de ella y se casa, a pesar de los aspavientos de su madre, de la protesta clerical y de la sociedad anatematizadora”.

Las imágenes de dicha película aparecen en las portadas de la Revista del Cinema, publicación yucateca de 1916-1917, dirigida por Valeriano Ibáñez Cobeño, que usaba el seudónimo de Kaiser en sus escritos sobre cine. En las portadas diseñadas por Leopoldo F. Quijano, en marzo y abril de 1917 se incluyó un recuadro con distintos fotogramas del largometraje yucateco “Amor que triunfa”, algo que es de destacar en virtud de lo que suponemos pérdida total de ese filme, tan sugerente conforme a esas fotos.

La primera presenta a un grupo de gente en pleno jolgorio y vestidos con la elegancia de moda en la época, en torno a una mesa, donde se ven manjares y una botella de vino. En la segunda, se ve siempre la fiesta, con damas y caballeros sentadas a la mesa y otros de pie, unos sonrientes, otros más solemnes. La tercera tal vez corresponde a un momento posterior al rescate de la bañista, ya que se ve a una mujer desmayada y a una persona con traje de baño. En la cuarta, se ve a una pareja de jóvenes tomados de la mano en el porche de una de las casonas, acompañados de otra dama y con un automóvil al fondo.   

En conjunto las cuatro fotos dan una idea general acerca de este segundo largometraje. Es de fundamental importancia que se registren en otros formatos y que con la tecnología actual puedan admirarse con mayor claridad y en mayores dimensiones.

 

 

 

 

Leopoldo F. Quijano y la Revista del Cinema



                           Jorge Cortés Ancona

El pintor y dibujante Leopoldo F. Quijano vivió en Yucatán durante los tiempos en que gobernó Salvador Alvarado. Su historia va de la mano con los inicios de la Escuela de Bellas Artes, donde ejerció como maestro, y con las publicaciones efectuadas en el lapso que va de 1916 a 1919 como El henequén y varias portadas de libros como el drama de tema prehispánico “La flecha del sol”, de Antonio Mediz Bolio y la novela “Eugenia”, de Eduardo Urzaiz.

 Desconocemos su lugar de origen y de fallecimiento, y en cuanto a su persona, sólo existe la caricatura realizada por el pintor Víctor Montalvo en 1916, pero su obra es reconocible porque los diseños incluían la indicación de autoría y en cuanto a él su firma muestra en sus primeros diseños una escritura en letra de imprenta convencional y en otros un monograma con un triángulo, que parece aludir al Partido Socialista del Sureste, además de su simbolismo masónico.

Quijano realizó en estilo Art Nouveau varias portadas de una publicación yucateca especializada que fue la Revista del Cinema, dirigida por Valeriano Ibáñez y cuyo primer número está fechado el 10 de noviembre de 1916. En el directorio de dicha revista aparece como uno de los dibujantes junto con un ilustrador de apellido Hernández. Una nota indica que “el dibujo de la portada es del maestro dibujante señor Quijano y el grabado y tricomía del Señor Armando Manzanilla, así como el cliché de la eminente y trágica actriz Italiana Francesca Bertini” (p. 18).

Quijano también es autor del logotipo que encabeza el editorial de esa revista pionera: un águila con las alas desplegadas, que sostiene una cinta de cinematógrafo con la leyenda “Revista del cinematógrafo”.  La firma aparece como: “Dib. L. Quijano y Manz. Grab” y es posible que también ambos sean autores de las viñetas que ornan las páginas interiores de la revista.

En la número 2, del 17 de noviembre de 1916, y repetida en los dos números siguientes, aparece una mujer recostada en una recámara de lujo, sobre cojines, que tiene ante sus manos un racimo de uvas moradas y manzanas rojas. Se ve una vidriera en pequeños pedazos al fondo. Incluso el piso. Lo que varía es la imagen del recuadro, que en el mencionado número  muestra la foto de la actriz Mary Fuller, de la casa Trans-Atlantic Film Co.(Universal Films), en varios colores. La relación con el cine parece ser más bien como escena sugerente de… 

En el número 5 del 8 de diciembre de 1916 se presenta el mismo fondo pero con referencias medievales, mujer a caballo, armadura, estandarte y letra tipo gótico. En la repetición en los siguientes números se ve en el recuadro a actrices como María Caballé y Pina Demichelli. En la foto No. 11 del 18 de enero de 1917, la imagen es distinta: dos mujeres y la sombra de una pareja en la vidriera, con apariencia de acuarela. Esta imagen se repite en el No. 12 del 25 de enero de 1917, el No. 14 del 9 de febrero de 1917 y el No. 18 de 9 de marzo de 1917.

Es autor de anuncios publicitarios de las Píldoras “Filofemina” así como de la viñeta de encabezado de la sección “Por el Interior del estado”, la de “Noticias Locales” y la de “Desde Progreso”, con una mujer atada a un poste con las piernas dentro del mara la manera de las mujeres sadomasoquistas de Julio Ruelas (Un dibujo de Hernández donde se ve una cabeza de mujer encadenada por una cinta de cinematógrafo, es influencia también de Ruelas).

Destaca en varios números, con variantes cromáticas en sepia, violeta o verde, con dos rostros y el recuadro de la empresa Cirmar, con distintos fotogramas del largometraje yucateco “Amor que triunfa”, algo que es de destacar en virtud de lo que suponemos pérdida total de ese filme, tan sugerente conforme a esas fotos.

La obra de Quijano muestra una notable calidad estética, con ambientes imaginativos e integración de iconos de distintas culturales. Merece que se elabore un catálogo con sus portadas, ilustraciones, diseños publicitarios y viñetas.

 

 

 

 

domingo, 3 de noviembre de 2013

"Ese tono del tiempo"



                                                              Jorge Cortés Ancona
“En cada hoja / que vuela por los aires desprendida / del árbol secular, cae una vida”, pasaje que representa lo que es la poesía y el mundo de Francisco A. de Icaza. No se ancla en la Historia, pero sí en el tiempo, sobre todo en su fugacidad.

Lejos de expresarse con angustia desbordada lo hace más bien con la tranquila reflexión ante esas sencillas manifestaciones de la vida como cuando mira hacia la infancia que juega y desconoce el sufrimiento del porvenir. En Icaza late una actitud ante la vida donde se valoran los hechos comunes. No falsea el amor, ni se exalta ante las circunstancias. No hay cambios bruscos ni en los temas ni en el estilo: a pesar del paso de los años, un mismo temperamento.

Poemas breves, algunos sumamente cortos. Endecasílabos y versos de arte menor; algunos alejandrinos. Unos pocos sonetos. En sus versos de levedad y distinción señoriales “no se siente el esfuerzo”, como decía Enrique Díez-Canedo. “El ritmo es implacable. Los versos están engarzados con tal arte, que no se advierten las junturas”, afirmaba Ramiro de Maeztu. Sus rimas tienen esa rara condición de estar imbuidas de silencio, aunque percibamos un ritmo sabiamente pausado que produce un sentimiento de armonía en nuestro ánimo de lectores.

Ese ritmo es dulce, sereno, sencillo. Evocador de ese sonido tan espiritual del agua que corre. Poesía fresca, cristalina, distante de un fervor religioso, aunque trasunta un equilibrio interior, una resignación ante el paso de la vida y el destino inexorable.

Abunda el color, porque el poeta ostenta un espíritu de pintor y de escultor. Por su sensación de la forma -modelador de líneas fluidas- hace de cada uno de sus poemas una pieza impecable, a manera de un ánfora refinada. Esa vocación plástica verbal habría de concretarse en su nieto Francisco Icaza, integrante del grupo humanístico de Los Interioristas, también llamado Nueva Presencia.

Poeta cristalino para el que no es que triste la nieve. “Lo fúnebre es la niebla”.   ¿De México? Una mención apenas a la bandera y el escudo nacionales, en un par de estrofas. Los suyo son los paisajes de ciudades y pueblos españoles, pero sobre todo los paisajes del alma.

Una breve composición suya: “Dale limosna, mujer, / que no hay en la vida nada / como la pena de ser / ciego en Granada”, está tan incorporada a la tradición popular que incluso en las grabaciones de varios autobuses turísticos de la mencionada ciudad andaluza ni siquiera se menciona su autoría.  (Como tampoco mencionan la existencia de la famosa canción que Agustín Lara dedicó a esa bellísima ciudad).

Hasta su cinismo es mesurado y pasa inadvertido. (“Quiéreme, que aunque es seguro / que mi amor no es casto y puro, / te he de querer mucho y bien. (…) Piensa de diverso modo; / mira que el amor es todo, / y amémonos bien los dos. / No hables de virtud cristiana, / que si te canso… mañana / podrás entregarte a Dios”).

Francisco Asís de Icaza nació en 1863 -hace 150 años- en la ciudad de México y murió en 1925 en Madrid. En vida se le reconoció como un insigne erudito, especialista en el Siglo de Oro. Una compilación amplia de sus poemas es la de Cancionero de la vida honda y de la emoción fugitiva, publicado en Madrid en 1928, libro organizado en diversas secciones, y que desde el inicio (“También el alma tiene lejanías”) hasta el final (“símbolo de mi vida / será mi corazón una zarza florida”) hace gala de una integridad lírica sin fisuras ni caídas. En verdad, muy poco se le ha reeditado.

"El héroe discreto"




Jorge Cortés Ancona

En su última novela, Mario Vargas Llosa parece concentrar la raíz de los problemas de violencia y corrupción en el seno de la propia familia. Esta postura ética se percibe dentro de la biografía de cada uno de los personajes. En principio es la historia de Felícito Yanaqué, hijo único de un padre analfabeto que trabajó toda la vida para permitirle cursar estudios básicos y, a la larga, desarrollar una mediana y próspera empresa transportista. Como parte de sus firmes decisiones, ha renunciado a su apellido materno, luego de que su madre abandonara al padre y a él mismo, sin que se volviera a saber de ella.

De su padre obtiene la enseñanza de que no hay que dejarse pisotear por nadie y será la importante herencia que le lega, luego de haber muerto en la pobreza y ser enterrado en una fosa común. La devoción filial de Felícito hacia su progenitor lleva implícito un orgullo por el parentesco de sangre. Casi una reminiscencia naturalista, pero quizá más bien una idea tradicional, de raigambre indígena, como lo es en buena medida Felícito, tal como se ve en sus actitudes, decisiones, fisonomía y apellido. 

En contraste, Gertrudis, su esposa, como sabremos en el transcurso de la novela, ha sido una víctima de la vileza de su madre, que la explotaba sexualmente y termina casándola con Felícito luego de quedar embarazada. El escaso trato con los hijos, empleados de la empresa paterna, revela las laxas condiciones de esta familia piurana.

De manera paralela, las historias de los limeños Ismael Carrera y Rigoberto también contrastan. El primero, viudo, es igualmente un hombre que logró desarrollar exitosamente una empresa de seguros, pero sus dos hijos, los mellizos Miki y Escobita, carecen de amor filial, de respeto. Son dos hienas que sólo esperan la muerte del anciano padre para rapiñar su fortuna. En cambio, Rigoberto (personaje de otras novelas de Vargas Llosa), casado en segundas nupcias con Lucrecia y ya jubilado, tiene un fuerte vínculo con su hijo, el ya quinceañero Fonchito, y a pesar de la diferencia de edad se preocupa sinceramente de lo que le ocurre para tratar de ayudarlo.

Los hábitos de trabajo fuerte, la honestidad, la eficiencia y la lealtad demostrada por los de la generación mayor (Felícito, Ismael, Rigoberto) tendrá diferentes consecuencias, según cada caso, en los hijos y en los empleados (la criada Armida, el chofer Narciso). Pareciera ser lo ocurrido con Latinoamérica: lo construido por las generaciones forjadoras es dilapidado por los descendientes parásitos, a causa de la indiferencia paternal que se conforma con satisfacer en exceso sus necesidades en lo material, sin reforzar otros tipos de vínculación.

El título de la novela alude a dos obras del jesuita Baltazar Gracián: “El héroe” y “El discreto”, pertenecientes a esa corriente tan denostada de la reflexión moral, pero tan arraigada en las literaturas de nuestro idioma. Una reflexión moral que ha tenido una vigencia en el paso de los siglos, desde el período barroco hasta la actualidad.

En la novela, la movilidad social resulta ser un producto de los propios méritos y no de la suerte. Las virtudes son recompensadas y las maldades y deslealtades irrevocablemente castigadas. No importa que se trate de la capital del país, Lima, o de una capital provinciana, Piura: los hechos son en el fondo similares. La manera de resolverlas tiene que ser drástica, rompiendo con todo sentimentalismo. Esa firmeza de carácter soluciona los males de las acciones torcidas y traicioneras. Ese es el sentido de discreto que tiene en la obra, como la manejaban en sus tiempos nuestros clásicos del Siglo de Oro.

Aparentemente –y en contra de los provocadores prejuicios irracionalistas, de voluntad destructiva, que corroen gran parte de la alta cultura- se trata de una posición moralizadora del autor. Pero es importante reconocer que la novela retoma muchas características de las telenovelas (los culebrones) latinoamericanas, con sus apropiaciones de mitos y cuentos (La Cenicienta, por ejemplo, en el matrimonio del millonario con su criada Armida, que es uno de los ejes de la novela, y que contrasta con otra secuencia, que es la de Felícito con su “casa chica”, donde mantiene a su adorada Mabel), lo cual indican explícitamente en la novela los propios personajes. Los comentarios que hacen éstos conllevan la idea de evaluar, de modo semejante a cómo se construye una representación de la sociedad a través de sus percepciones y opiniones.

Varios de estos personajes cuentan con pocos vínculos de verdadera amistad; seres solitarios, marginados, por diversas razones, como el chino Lou -que enseñó el arte del Qi Gong a Felícito-, Adelaida, Gertudris, Armida y el sargento Lituma.

El suspenso se dosifica con eficacia en esta novela, cuyas acciones se encadenan dentro de una lógica rigurosa, con una coherencia que hace verosímiles los desenlaces inesperados de algunas secuencias. Una prosa clara y precisa, que a pesar de los peruanismos (“churre” por “niño”, la expresión “che guá”, etc.), permite una lectura fluida, que no tiene estorbos a pesar de las ocasionales rupturas de la temporalidad –bien integradas- y del paralelismo de acciones.

En muchos momentos, se notan semejanzas con el mundo de García Márquez, sobre todo en la secuencia de Felícito –y, en especial, con los diálogos y andanzas del capitán Silva y el sargento Lituma-, además de sus toques de realismo mágico en la mulata vidente Adelaida y en las apariciones del enigmático Edilberto Torres a Fonchito, adolescente que busca en la religión respuestas a dudas vivenciales. Hay algunos guiños también a “La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes. Y el mundo de Rigoberto tiene mucho de ambiente cortazariano. Como si Vargas Llosa, le rindiera tributo a sus compañeros del “boom”.    

Vargas Llosa, Mario: “El héroe discreto”, Alfaguara, México, 2013, 385 páginas.

domingo, 11 de agosto de 2013

La gran ciudad en un poema

                                                        Jorge Cortés Ancona

Las ciudades crecen y sus habitantes se van acoplando rutinariamente a ese crecimiento. Las proporciones aumentan de un modo casi imperceptible por el hecho de que nos automatizamos en la reiteración de los recorridos. Esto es aun más notorio en las grandes urbes, como la ciudad de México, aunque las proporciones de esta se fueron desbordando a un ritmo inesperado hasta saturarse.

Sin embargo, su condición ruidosa, cundida del incesante tránsito de peatones y automóviles, encarrilada en la velocidad contagiosa y en los riesgos de los percances callejeros ya se percibía desde muchas décadas atrás. Un poema fechado en 1930, de José Esquivel Pren, entonces un joven poeta y abogado meridano con algunos años de haberse instalado en la capital de la República, refleja la condición abrumadora de una urbe en crecimiento. El poema de sonoridad coloquial, con una versificación semilibre, con predominio de endecasílabos, y rimado en consonante, se titula “Metrópoli” y está dedicado a Gabriel Antonio Menéndez:

“Para sentirle el pulso a la balumba / de estas calles de urbe moderna / que salta, ronca y retumba / en nuestra carne interna, / me tomaré un tequila en la taberna / que me acelere la circulación. / Es preciso, para ir calle arriba, / tener la resistencia auditiva / del artillero que sirve el cañón”.

“Caminar atropelladamente, / estrujando el vía-crucis de la gente; / y vencer la impaciencia de los pies, / que quisieran tener la rapidez / temblorosa de la motocicleta / y una fuerza exclusiva que se irradie, / como si en toda la banqueta / no hubiera nadie…”.

“En la esquina nos paran todavía: / el rojo despotismo del tranvía / y el brazo en alto de la policía. / Atravesar es fuente de emoción / y, de pronto, la llanta de un camión / como descarga de fusilería…”.

            83 años después ese entorno vivido en el poema sigue vigente, sólo que en un grado mucho mayor. Las proporciones del ruido, del tránsito, de la velocidad, de las muchedumbres, han alcanzado dimensiones quizá impensables respecto a las de esa lejana década. Nuestra suposición es que la gran ciudad que vio Esquivel Pren, la cual tendría poco más de un millón de habitantes, debió ostentar una belleza encantadora, pintoresca en determinadas zonas, y si fuera posible retroceder en el tiempo para recorrerla nos embargaríamos de una felicidad preñada de nostalgias, de gratos olores, de un colorido pleno de positivas reacciones emocionales.

La megaurbe actual mantiene mucho de eso, aunque los bruscos contrastes y el nerviosismo colectivo se han incrementado. Más ruido, más gente, mayor velocidad, más riesgos… pero la grandiosa México sigue firme. Ha crecido desproporcionadamente, pero aún mantiene sus oasis, como la peatonal calle Madero y los centros históricos de Coyoacán y Tlalpan. Nuestro poeta yucateco, con buen humor, supo captar el pulso nervioso de la capital y plasmarlo animadamente en una estampa perdurable.