martes, 19 de marzo de 2013

La poética de Chumacero

Una imagen amplia y coherente de la obra literaria y cultural de uno de los poetas más profundos de México se manifiesta en el libro En la orilla del silencio. Ensayos sobre Alí Chumacero.

Esta compilación de varios autores está organizada en cuatro partes y ocho textos: una presentación general, a cargo de Manuel Iris; la sección “Pensamiento olvidado”, de acercamientos biográficos como crítico y editor, a cargo de Ignacio M. Sánchez Prado e  Iván Trejo; “Diálogo con un retrato”, enfocada en las percepciones de la poética del autor, donde participan Lorena Ventura, Jorge Aguilera López y Eva Castañeda Barrera; y “La forma del vacío, dos interpretaciones temáticas provenientes de Marco Antonio Rodríguez Murillo y Agustín Abreu Cornelio. En síntesis: visión general, contexto, ideario poético y hermenéutica.

En este abordaje múltiple se rompe el mito de pobreza de la obra breve. Hay una idea de que vastos conjuntos permiten entender una trayectoria y generan mayor profundidad, pero como lo demuestra la literatura hispanoamericana, hay autores de escasos textos, a veces de uno solo y no necesariamente bien escrito, pero que han merecido ser estudiados por su aportación. Lo efectuado por Chumacero es una obra suficiente en la cual la palabra “rigor” es un lugar común para caracterizarla.

Manuel Iris analiza los valores de esta obra y hace referencia a los prejuicios, a la vez que sintetiza la conceptualización poética de los autores de este libro, consolidando la coherencia de la arquitectura de este libro. En los tres ensayos de “Diálogo con un retrato” se habla de Chumacero y a la vez se hace una reflexión acerca de la poesía en general. Se analiza la idea de “forma” que el autor ha hecho explícita en sus propios poemas y ensayos, e igualmente el hecho de la narratividad y de hablar de referentes comunes de situaciones domésticas, como reflexión que integra elementos esenciales y concluye en una imagen inamovible, detenida en el tiempo.

Lorena Ventura al hablar del último de los tres libros del poeta nayarita, indica que “exige la colaboración del lector para desentrañar un sentido que –de tan velado, de tan simbólico- tiende a perder toda relevancia para la existencia de los poemas como tales” (p. 46), y en gran medida este conjunto de ensayos contribuye a clarificar la significación de la poesía completa de Chumacero.

Entre esa aproximación clarificadora se hallan los hechos arquetípicos que se sitúan en una tradición y el recorrido implícito por sus incorporaciones poéticas, como señalan Rodríguez Murillo y Abreu Cornelio al tratar las fuentes del Infierno, de Dante así como el tema órfico y la asimilación de Rilke.  Consideran ante todo la forma del vacío en su complejidad y no el vacío de la forma, que en un retruécano vendría de buenas a primeras.

Nacidos entre 1978 y 1986, en un repaso de una generación hacia un poeta epónimo de otra, seis de estos ocho autores son también poetas que hacen uso de medios académicos sin perder su capacidad de comprensión lírica. Todos ellos hacen posible un libro lleno de inteligencia y de adentramiento en la poesía, además de demostrar respeto, voluntad de comprensión, admiración. Tienen conciencia clara del hecho lírico y del recurso metódico para lograr ensayos de base académica y no muestrarios metodológicos como ocurre en tantas compilaciones, a menudo caprichosas y parciales. Gracias a ello, han concretado una percepción integral de la obra del autor nayarita.

Además, trazan líneas para observar las percepciones del estilo y tema de poetas de la franja temporal en que se sitúa Chumacero y a futuro habrá que percibir afinidades, recurrencias, como un conjunto con contornos definidos, en poetas que con el tiempo se van pareciendo. Buscar los enlaces del poeta nayarita con Paz, Bonifaz Nuño e incluso con el Alfonso Reyes de Ifigenia cruel.

Como dato extra, recuerdo que en alguna entrevista Chumacero mencionó que escribía en promedio un poema al año. Si es que así fue, entonces desde 1956 hasta su muerte ocurrida en 2010 habría entonces unos cincuenta poemas más, suficientes para otro libro. ¿Existirán esos poemas?

Manuel Iris y otros: En la orilla del silencio. Ensayos sobre Alí Chumacero, Conaculta, Col. Tierra Adentro No. 462, México, 2012, 124 págs.

 

 
 




Popol Vuh en ballet

La cultura y la literatura maya han sido retomadas de muchas maneras por autores que han vivido dentro de la propia área geográfica o de otras latitudes. De ahí han derivado interpretaciones imaginativas procurando transportarlas a la época actual. La lista es amplia y abarca diversos géneros y países.

Una de las menos promisorias en su origen aunque no en sus resultados es el proyecto de ballet que culmina el relato “Vallejo”, del escritor nicaragüense Sergio Ramírez. Este texto de 1992-1993, incluido en el libro “Catalina y Catalina”, tiene un carácter autobiográfico, de la primera mitad de los años 70 cuando el autor vivía en Berlín con su familia. Un personaje locuaz y desaliñado, músico para más señas, de apellido Vallejo –peruano, con todo y el apellido poéticamente ilustre- llega a su vida para pedirle que le escriba un guión para un ballet basado en alguna cultura originaria de América.

Con la mirada resignadamente humorística que da la distancia ante este suceso, Ramírez cuenta los avatares de esa labor, los desengaños que sufre y la dificultad de emprender una tarea que nunca había realizado antes, para colmo con un tema que le era ajeno. Por distintos factores eligen el Popul Vuh, en la versión de Adrián Recinos. A causa de los azares verbales y asociaciones significativas, el Libro del Consejo deviene en Libro del Pueblo en inglés o en alemán: “People’s book, Volksbuch, Popol Vuh, libro del pueblo, libro popular, bromeé yo, bromeó él esa noche en el Renault al entregarle la edición de Recinos y el libreto; a lo mejor no descendíamos de los mongoles sino de los germanos; nuestras lenguas madres aparentaban estar emparentadas”

El resultado, sin embargo, es un texto titulado “El árbol de las cabezas (Resumen de un argumento dramático para ballet”, que sirve de colofón al divertido cuento testimonial. Su argumento gira en torno a los dos gemelos Huhnahpú e Ixbalanqué y los sufrimientos de sus hermanos y la lucha contra los dos gemelos malignos. Resumen muy preciso en su lectura, pero que deja dudas en su efectividad para adaptarse al ballet, ya que nunca se montó y sólo tuvo la revisión técnica del impredecible Vallejo.

Convertir en ámbito visible lo que se describe verbalmente es tarea difícil. El hábil narrador Ramírez debe describir escuetamente los dos niveles en que transcurre la historia: “Plataforma superior A: casa sin fachada, visible su interior; lateral der.: troje de maíz; al frente, campo de juego de pelota” y la “Plataforma inferior B: palacio sin fachada, con atrio, visible su interior; al frente, campo de juego de pelota; en el lateral izq., la casa de los tormentos”. También hace las acotaciones de rigor para luces, vestuario y trucos escénicos.

Pero de esta adaptación –como tal obligadamente sintética- es de remarcar su interpretación social, pensada en la tarea del pueblo para acabar con los tiranos. En esos años setenta, Ramírez, sin que lo mencione, tenía la opresiva referencia de la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, y sin necesidad de mencionarlo hacia ahí va el mensaje final de este proyecto de ballet.

Luego del engaño que emplean para cortarles la cabeza a los dos tiranos “la comparsa de secuaces, los felinos carniceros y la comparsa de anunciadores de muerte, los búhos mensajeros, quieren ponerse en fuga. Pero el pueblo que llena el palacio, les copa todas las salidas, arrebatándoles sus lanzas y atravesándolos con ellas”

Hecha esta acción de establecimiento de la justicia y convertidos los gemelos buenos en el sol y la luna, “subieron también con ellos los miles de asesinados por los señores de Xibalbá, los despedazados en los caminos, los sacrificados, los atormentados, los enterrados vivos, todos los desaparecidos. Y así se volvieron compañeros de aquellos Hunahpú e Ixbalanqué y se convirtieron en las innumerables estrellas del cielo (…)”.

Interesante esta pervivencia del mito transportado a la realidad que laceraba a Latinoamérica en esa época. En la situación que vive ahora el pueblo mexicano no es para nada distante el sentido de la adaptación hecha por Sergio Ramírez.
Po

Una recuperación literaria

Así como pienso que la historia de la literatura mexicana debe ser reescrita desde el siglo XIX, procurando solventar con una rigurosa investigación y análisis minuciosos las malas interpretaciones, las omisiones, los saltos voluntarios e involuntarios, las negaciones injustas y sus errores, pienso que se requiere hacer un repaso claro y preciso de lo acontecido en la literatura de la Península de Yucatán de 200 años a la fecha como parte de un proceso cultural complejo que nos permita entendernos como sociedad en estos complicados tiempos.

Para ello se requiere de una tarea de conjunto y de una labor por períodos específicos así como por temas y autores de modo particular. Un trabajo en bloque y otros de manera más concreta, pero que se relacionen estrechamente entre sí. Por supuesto que gracias a las carreras relacionadas con la literatura y la lingüística se han logrado importantes avances en ese sentido. Y a este ejemplo de concreción corresponde el libro de Rosely E. Quijano León, titulado “Los olvidos de la literatura yucateca de principios del siglo XX: Pedro I. Pérez Piña”, publicado por la Secretaría de la Cultura y las Artes con apoyo del Conaculta.

En este libro conocemos la vida y obra de un médico y escritor yucateco, autor de una producción literaria que sólo ha sido publicada en parte, prácticamente sin reediciones. Es un escritor poco conocido, a pesar de que una de sus novelas, “Atavismo”, fue reconocida en España y se publicó en Barcelona por la editorial Cervantes, con prólogo de Pedro F. Rivas y portada de un diseñador gráfico español de nombre Arturo Ballester. En dicha portada, una pareja vestida a la moda de la época contempla la Pirámide de Kukulkán en Chichén Itzá.

Rosely Quijano realizó una amplia investigación documental así como de campo para construir la biografía y el contexto, procurando un enlace estrecho de ambos aspectos con la obra de Pérez Piña. Efectuó esta investigación para su tesis de licenciatura y ahora hace los ajustes necesarios a dicho trabajo académico a fin de que pueda ser un libro al alcance de todos. El texto es claro, con nutrida información y capacidad analítica. Además, se acompaña de un conjunto de fotografías relacionadas con la vida del escritor progreseño y de tablas que permiten conocer las producciones literarias de los escritores yucatecos de esos tiempos.

La autora se enfoca en presentarnos la biografía de Pérez Piña, considerando de igual manera el entorno social en que se desarrolló su obra y el contexto cultural de la época en Yucatán y en Progreso. De manera general, ese contexto incluye los grupos literarios y sus tertulias, las publicaciones que llegaban al puerto, las que se producían ahí mismo, el teatro que se desarrolló y diversiones públicas como el cine.   
A menudo la evaluación de una obra literaria se centra en la relación con su tiempo. Si se hallaba o no a la par o a la avanzada de las transformaciones de la literatura en períodos cronológicamente similares o cercanos. En el caso de Pérez Piña nos encontraríamos con una situación de diferencia, si tenemos como puntos de referencia las literaturas europeas y norteamericana donde se practicaban modos narrativos emparentados con la vanguardia, pues aún seguía los pasos de una tendencia de la cual sólo quedaban saldos y que es la del naturalismo derivado de Émile Zola. Este es un mero hecho comparativo, ya que cada región tiene su propio desarrollo cultural, con diferentes características y distintas preocupaciones. 

Lo importante es que Pérez Piña trata de entender situaciones de esta región y logra descripciones muy precisas de hechos y costumbres. Que también trata un tema muy raro en la literatura mexicana de esos tiempos y de varias décadas posteriores que es el de las drogas como problema social. Si ahora es un tema tratado hasta la saturación, en esos años de 1929-1930 era algo muy raro en la literatura mexicana.

En este 2013 en que conmemoramos el bicentenario de la llegada de la imprenta a Yucatán se hace necesario conocer  las producciones impresas que se han realizado en distintas poblaciones yucatecas y en este caso las de Progreso son de indudable importancia. Los proyectos efectuados por Pérez Piña con la revista Juventa junto con el hecho de aglutinar a literatos y cronistas de Progreso para animar la producción intelectual del puerto son muestra de un trabajo colectivo para la proyección social de la literatura.

Destaco el hecho de que don Pedro I. Pérez Piña fue tronco de una tradición cultural familiar que ya lleva cuatro generaciones y cuyas aportaciones son muy importantes para la literatura, el teatro y la música. La obra de la maestra Nilde Pérez de Palma, Wílberth Herrera y sus hijos Andrea, Pedro Carlos y Juan Roberto son las pruebas demostrativas.

Este libro de Rosely Quijano León debe motivar a la investigación acerca de otros escritores yucatecos de principios del siglo XX y de las demás épocas. Asimismo, constituir una pauta para valorar las propuestas culturales que se han generado en los municipios distintos a Mérida, en especial la amplia aportación hecha por el puerto de Progreso en sus poco más de 140 años de existencia. Necesitamos romper con el aplastante centralismo de Mérida y llenarnos de aire fresco asumiendo que también en otras zonas de Yucatán se ha hecho posible la construcción de esto que se llama cultura yucateca.

Esperamos pronto efectuar una presentación de este libro en Progreso y deseamos de todo corazón que esta investigación contribuya a fomentar el orgullo por las producciones culturales progreseñas y yucatecas. Que sea un aliciente para reconstruir nuestras historias regionales y municipales.

Quijano León, Rosely E.: “Los olvidos de la literatura yucateca de principios del siglo XX: Pedro I. Pérez Piña”, Secretaría de la Cultura y las Artes-Conaculta, Mérida, 2013, 163 págs.

 

viernes, 8 de junio de 2012

“Venus Maya”: un matiz relativista

                                                                                    Jorge Cortés Ancona
El modelo de belleza de tipo occidental permeó de modo dominante las manifestaciones culturales y artísticas en el México del siglo XIX. En el caso particular de Yucatán, antes de la Revolución Mexicana, no es común que se exalte la imagen femenina de origen maya, siempre relegada ante los cánones provenientes de la Antigüedad grecorromana.
El ejemplo anterior a 1910 que impulsivamente podría venir a la mente es la alegre canción “La mestiza”, con letra de José Peón Contreras y música de Cirilo Baqueiro Preve “Chan Cil”, que sigue interpretándose y bailándose hasta nuestros días. Sin embargo, hay que tener en cuenta el público receptor al que iba dirigida la canción, que estaba muy lejos de pertenecer a la clase alta.
Por el contrario, vinculado al sector poderoso y formalmente educado de la sociedad de principios de siglo, el escritor vallisoletano José Inés Novelo escribió un poema donde manifiesta matices de ese reconocimiento hacia los atractivos de la mujer maya. Sin duda, su visión está impregnada de la oposición de civilización y barbarie, donde la mujer maya sería poseedora de un atractivo salvaje, más propenso a despertar el apetito sexual que pasiones idílicas de condición platónica, pero no deja de ser interesante.
El poema se titula “Venus maya” y se encuentra en el libro “Gérmenes”, cuya primera edición data de 1905 y que fue reeditado en vida del autor en 1945. Ambas ediciones cuentan con el prólogo de José Peón Contreras.
Me desplazo rápido por la cuestión métrica del texto: su condición de versos alejandrinos desarticulados que los deja en estrofas de ocho versos de 7 sílabas, con lo cual se le da un aire popular de arte menor, que en este caso muy específico equivale a una forma de minorización.
El poeta empieza invocando justamente el poder de las estrofas, o sea, el arte del poeta, para establecer de inmediato una comparación de carácter erótico: “¡Hurra! La estrofa vuelque / sus ánforas de flores, / y vibre temblorosa / la lira en tu loor; / así la carne tiembla / bañada en los ardores / del aire en que se envuelve / tu cuerpo seductor”.
Para ubicarla, se remite a su origen, que no es el del mestizaje, sino de estirpe netamente autóctona: “en ti la índica musa / perfiles puros traza, / en ti, la Venus Maya / retorna a florecer”. Y en las estrofas siguientes se hace una descripción a base de imágenes y comparaciones, con elogios de la sensualidad del cuerpo femenino de esa mujer maya que podríamos calificar de arquetípica: “Estampa en tu faz bella / su tropical frescura, / ardiente y voluptuosa, / la flor el flamboyán”; “(…) no incitan al deleite / como tu labio trémulo; / el beso no despiertan / como tu boca en flor”, etc.
De modo explícito se exalta a la marmórea Venus griega “de irreprochables líneas / y excelsa majestad”, que “despierta pensamientos de noble castidad”, comparación que arroja una oposición extrema con la mujer maya: “¡Tú no! ¡Tú sólo eres / el barro deleznable / en donde aguarda el germen / robusta gestación!... / ¡Pero eres de una raza, / hasta hoy indomeñable, / la hermosa, la garrida, / la regia floración.
Se elogian a través de una interrogación retórica los hombros de curva armoniosa donde cuelga el hipil, para después remitirse a las mujeres mayas de ese tiempo y del pasado: “¡No así brilló en su trono / la reina Tutulxiu”, para culminar con una visión que aúna la belleza con la valentía de los mayas, demostrada en la entonces reciente Guerra de Castas: “Morena, en quien renacen / las gracias y primores / de gentes invencibles / que aún retan con valor”. Y el enunciante cierra de modo circular el texto con los primeros versos de la estrofa inicial. 
Reconocimiento de valores estéticos y de la resistencia y valentía del pueblo maya reacio al mestizaje, este poema del vallisoletano José Inés Novelo es un caso muy raro en la literatura yucateca de origen urbano hasta antes del despertar revolucionario.    

Carlos Fuentes, novedad y obsolescencia

                                                                            Jorge Cortés Ancona
Prefiero recordar al Carlos Fuentes de las primeras novelas y cuentos. Ese joven que entre 1958 y 1962 asombraba con cada libro publicado, haciendo una disección de la sociedad con un ánimo totalizador como pocas veces se ha visto en la narrativa mexicana. Después, el engolosinamiento, la experimentación que sólo abrió momentáneamente bocas de actitud hipócrita. Pasada la cima de 1962 vino ese lento declinar de 50 años de múltiples ediciones, con algunos momentos destacables.
Obra tras obra, se enfrascó en un plan de convertir en novela el devenir mexicano, a la manera de Balzac. A menudo un esencialismo de lo mexicano, con esquemas fijos del mundo prehispánico y español, casi como una visión narrativa de los planteamientos ensayísticos de Octavio Paz, con agregados propios de una modernidad galopante. Historia con hechos aparentemente de actualidad. El mundo urbano omnipresente con incursiones de otras realidades de la complejidad de estas tierras. Cosmopolitismo que lo hizo escribir relatos ambientados en otros países.
Toda esa ensalada narrativa lo conducía a menudo a prácticas verborreicas. Pienso en “Cristóbal Nonato”, donde luego de tres páginas de humor efectista, siguen algunos centenares de páginas farragosas. Muchas veces nos hacía pensar que estaba escribiendo para los académicos, sobre todo los de Estados Unidos. Les sería muy fácil digerir como tesis lo masticado como narrativa.
En algún momento en las primeras decenas de páginas de “Los años con Laura Díaz” creí que estaba leyendo una gran novela. Pero solo fue el deslumbramiento de algunas secuencias. En lo demás, en su mayor parte, prevalecía ese didactismo narrativo que lo llevaba incluso a describir a la Virgen de Guadalupe, lo cual hace pensar que su lector ideal no era hispanoamericano sino extranjero de lengua.
Aparecía libro tras libro pero ya no despertaba entusiasmos, como sí sigue ocurriendo con cada nueva obra de García Márquez y Vargas Llosa, más cuidadosos con aquello que publican. En las librerías veíamos de paso que contaba con novela política, cuentos de vampiros, comentarios sobre la historia mexicana y muchas obras más, en las que relucía ante todo el nombre de su autor.
Escribió teatro, con no mucha fortuna (cierto histriónico yucateco dirigió “El tuerto es rey”. Adivinen quién. ¡Exacto!). Incluso fue autor del libreto de una ópera. Monsiváis decía en son de burla que al terminar la función de estreno en el Palacio de Bellas Artes todo el mundo había quedado catatónico. Vi esa ópera, “Santa Anna” en el Teatro Diana de Guadalajara, donde Fuentes salió a recibir los aplausos del público, aunque a lo largo de la pieza no percibí mucho entusiasmo. La música no era buena y el libreto adolecía de esa idea de retacar todo en un solo saco.
Con el “boom”, ese fenómeno mercadotécnico, se aprendió en el ámbito iberoamericano que la imagen del escritor cuenta mucho. Ser bien parecido, de cuidada elegancia en lo formal y en lo informal. Mucha facilidad de palabra, con sustancia y a veces con gracia. No era suficiente ser un magnífico narrador, había que cumplir con las exigencias del mercado que obligaban a hacer agradablemente visibles y audibles a los escritores. Carlos Fuentes, al igual que Vargas Llosa y Cortázar, cumplía a cabalidad con todo ello.
De adolescente quedé fascinado con sus primeras novelas. Sobre todo con “La muerte de Artemio Cruz”. La geometría de la novela y la doble circularidad me han acompañado para tener en claro la idea de estructuración. Si el esquema sigue impresionando, la sustancia narrativa no. En alguna clase trataba de contagiar mi admiración por la organización numérica y temporal de esa novela; sin embargo, los alumnos me comentaron que encontraban de interés la estructura, pero que el relato en sí les parecía cansado. Fue exactamente mi misma impresión en la relectura luego de unos 18 años de haberla leído por primera vez. Algo olía a rancio.
En la vida pública la imagen de Carlos Fuentes no es de lo mejor. Sus deleznables elogios a Luis Echeverría, que lo hicieron encabezar la comparsa intelectual de ese sexenio. “Echeverría o el fascismo” declaró en México, y se encargó de regar esa idea en cuanto país latinoamericano estuvo. Una atenuación fue su renuncia como embajador de México en Francia cuando nombraron a Díaz Ordaz embajador en España.
En Mérida lo recordamos por su conferencia en el año 2000, de aquella simulada Capital Americana de la Cultura. Cobró 180 mil pesos por una conferencia de menos de una hora, más gastos de transporte, hospedaje y alimentación, todo en términos de lujo. No permitió que se hicieran preguntas y no hubo más intervención directa que la de su amigo Carlos Castillo Peraza.  Si ahora esa cifra nos escandaliza, pensemos lo que significó 12 años atrás.
Tendremos que olvidar aquellos espots donde decía que prefería que su familia residiera en Inglaterra, para que disfrutara de un mejor nivel de vida respecto a la ciudad de México. Olvidar sus escamoteos biográficos, tardíamente conocidos (haber nacido en Panamá por la condición diplomática de su padre, su visión de México no siempre de primera mano, etc.). Sonreír con su “alter ego” Ruperto Berriozábal, de “Los juegos”, de Avilés Fabila. Escuchar a secas los reproches que tantos novelistas expresaban por su soberbia de hacer creer que en México no había más novelistas que Rulfo y él mismo.
Habrá que volver a leer esas novelas iniciales. Las émulas de los frescos diegoriverianos “La región más transparente” y “La muerte de Artemio Cruz”; la decimonónica “Las buenas conciencias”, que tanto le debe a Pérez Galdós; la exquisita “Aura” (tan creativa, a pesar de lo tanto que le debe a “La cena”, de Alfonso Reyes, y a “Los papeles de Aspern”, de Henry James) y los cuentos de “Cantar de ciegos”. Luego ver a su galería de personajes, como las obsesiones por María Félix (“Zona sagrada”, “Orquídeas a la luz de la luna”) y otros tantos personajes.
Algún día habrá que hacer el recuento de sus menciones a Yucatán en su obra narrativa. No fue ajeno a esta tierra y expresó una leve admiración por algunas cosas y una amable ironía por otras.
Toda obra extensa puede quedar sepultada por la marea del tiempo; seguramente la obra de Carlos Fuentes volverá a la superficie cada cierto tiempo, transformada o fosilizada.

domingo, 6 de mayo de 2012

Un alegato feminista de 1927

Jorge Cortés Ancona
Dentro de una serie de recuperaciones de obras literarias poco conocidas y agotadas desde hace decenios, aparece un texto de tema feminista titulado Vida incompleta. Ligeros apuntes sobre mujeres de la vida real, escrito por Elena Arizmendi. Al poco conocimiento de esta obra contribuyó que hubiese sido publicado en Nueva York, en 1927, en una edición costeada por la propia autora.

En este breve relato se narran las vidas de dos mujeres mexicanas emigradas, centrándose en las drásticas consecuencias de sus hechos amorosos. En ambos casos el origen es autobiográfico, pues tanto Elsa como su mejor amiga, Alicia, son desdoblamientos de dos etapas importantes en la vida de Elena Arizmendi. Esta fragmentación biográfica para formar la vida de personajes ficticios parece un simbolismo de la mujer dividida y de la separación distintiva de los segmentos temporales de una misma trayectoria vital.

A la autora se le recuerda por su relación de amante de José Vasconcelos alrededor de 1913, una tórrida relación a la que el escritor –conforme al prólogo de Gabriela Cano, biógrafa de Elena Arizmendi- hizo referencia en el cuento “El tormento”, de 1916, y en partes del “Ulises Criollo” plasmándola de modo imaginario como una mujer fatal de nombre Adriana, y de “La Tormenta”. Por lo demás, se sabe que Elena era una bella mujer y que tuvo tres matrimonios, todos los cuales derivaron en fracaso.

Es de interés que el escenario donde transcurren ambas historias sea Estados Unidos, en específico Nueva York, aparte de Texas, donde se refugia Alicia. En este texto se integran la etapa en que Elsa vivió casada con un norteamericano opuesto a tener hijos y la firme actitud de Alicia luego del fracaso de su relación amorosa con Ricardo y del acoso moral público de que es objeto por su condición de adúltera. Más fuerte que los problemas afrontados es el afecto solidario que las une lejos de la patria y la familia.

Aun cuando late una idea de esencialismo cultural ya sea para la “raza latina” o la “raza sajona”, las dos protagonistas contrastan con otra emigrada, la señora Vidal, mujer conservadora e ignorante, además de floja, despótica, desaseada e irresponsable con sus hijos, todo lo cual no obsta para que su marido la considere una madre abnegada y una dulce compañera.

Este relato toma la forma de un ensayo en forma narrativa, ya que expone ideas de manera explícita y los personajes tienen una plana consistencia psicológica y ética, propia de los caracteres tipo, planteada a manera de dechado. Pobre en estilo y en sus recursos narrativos, el texto, sin embargo, tiene el valor de alegato en favor de un cambio en las conductas de las mujeres y en la actitud hacia ellas.

El feminismo preconizado en este relato corresponde a una etapa aún en ciernes en el complicado y desigual proceso vivido en busca de equidad y justicia social para las mujeres. Por ello, la moral envuelve con rigor las conductas y las decisiones que las protagonistas asumen para tener una vida acorde con sus ideales y propósitos personales. Es relevante que en el libro exista una visión comprensiva de las relaciones extramaritales y que se defienda la voluntad de la mujer a decidir su vida, sea amorosa, laboral, religiosa o de maternidad. Cumplida dichosamente en soledad o en compañía.

Arizmendi, Elena: “Vida incompleta. Ligeros apuntes sobre mujeres de la vida real”, Conaculta, Col. Singulares, México, 2012, 73 págs., prólogo de Gabriela Cano.

La identidad cultural y la danza en México

Jorge Cortés Ancona
La investigación sobre la historia de la danza se ha enfrentado regularmente al problema de la condición efímera de las ejecuciones y presentaciones sin registros completos y exactos, por lo cual debe basarse en los documentos periodísticos e institucionales, cartas, testimonios orales y fotografías para poder alcanzar una imagen integral de la época, tendencia o autor que se procura estudiar.

La tarea es difícil y por ello celebramos la publicación de una obra que se enfoca al desarrollo de la danza en México durante la primera mitad del siglo XX. El libro se titula Despertar de la república dancística mexicana, de Patricia Aulestia, una destacada bailarina, coreógrafa y maestra de danza, nacida en Ecuador, formada en Chile y radicada desde hace décadas en México, donde ha llevado a cabo una incansable labor en materia cultural con proyección más allá de nuestras fronteras.

Esta obra constituye una acuciosa investigación acerca de las corrientes e ideas que confluyeron o se superpusieron para dar lugar a una especificidad dancística en nuestro país. Resulta interesante que para organizar esta amplia recopilación de datos, la autora haya procedido a manera de coreógrafa, como ella misma dice en el prólogo, valiéndose de la “suite” y de variaciones. Eso explica los vaivenes cronológicos y las apariciones reiteradas de algunos hechos y personajes.

En un recorrido amplio observamos el modo en que las danzas tradicionales de las diferentes regiones de México funcionaron como base para apropiaciones y reinterpretaciones, a menudo con un carácter experimental. Esto permitió la incorporación de visiones externas a la sólida herencia nacional colectiva, con la aportación de personalidades extranjeras como Anna Pavlova, Martha Graham, Norka Ruskaya, Miss Carroll, Waldeen, Anna Sokolow, entre otros muchos europeos y del Continente Americano, e incluso bailarines de origen asiático como la persa Armen Ohanian o el japonés Michío Ito, al igual que casos insólitos como Kyra, que bailó desnuda en el Palacio de Bellas Artes en 1937.

Por supuesto, la contribución mexicana de carácter individual o grupal resulta fundamental para estos procesos: Yol-Itzma, las hermanas Campobello y varios personajes extrañamente olvidados como Carlos E. González, Pedro Rubín y Enrique Velezzi. También es posible atisbar la manera en que las políticas culturales a nivel federal incidieron en el proceso educativo nacional y específicamente en el desarrollo dancístico, a través de investigaciones sobre las danzas y bailes indígenas y mestizos, así como a través de las medidas para favorecer la creación de coreografías y métodos de estudio a partir de las fuentes autóctonas y las experiencias de países extranjeros.

Con ello se aprecian hechos que ayudaron a gestar la ideología nacionalista revolucionaria con sus diferentes facetas, según los grupos o funcionarios que detentaron el poder político y cultural. Específicamente, observamos distintos modos en que se fue conformando una propuesta de identidad cultural, donde la danza jugó un papel importante, debido a su idoneidad para integrar la tradición ancestral popular con la visión moderna del arte a efecto de propiciar una imagen nacionalista apropiada para la legitimación del régimen y para su aplicación en materia educativa. En ese sentido el papel de un proyecto como el denominado 30-30. Ballet simbólico revolucionario representa una gran logro de nuestra danza y de la política cultural mexicana.

Asimismo, este libro demuestra con total naturalidad las relaciones de la danza con otras disciplinas artísticas, pues al referirse a las coreografías de la primera mitad del siglo XX se observa la confluencia de músicos, pintores, poetas, filósofos, tanto en los procesos creativos como en la recepción crítica. Esta lista incluye a personajes relevantes de la vida cultural como Carlos Chávez, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Samuel Ramos, Miguel Covarrubias y Carlos Mérida.

Al terminar de leer los 66 capítulos divididos en dos partes y los tres apéndices, tenemos claro que la danza no debe ser vista como una disciplina esclerotizada, condenada a repetir los mismos modelos del pasado, sino que debe concebirse en su dinamismo integrador, al incluir investigación de campo y documental, interdisciplinariedad y creatividad a partir de modelos preexistentes además de la concreción imaginativa personal.

Es deseable que este libro sea leído a conciencia en las numerosas academias de danza que existen a lo largo y ancho del país así como también por los funcionarios y promotores culturales a fin de conocer y comparar las acciones emprendidas desde las perspectivas gubernamental e independiente y para aplicar ideas y propuestas.

Para concluir, agregamos que hay descripciones puntuales de piezas dancísticas que pueden ser aplicadas para llevarse a escena y que a lo largo de estas páginas es notoria la influencia de Yucatán, desde la ancestral tradición maya hasta la participación activa de varios creadores de distintas disciplinas artísticas y literarias.

(Este libro se presentó en Mérida, en la Sala de Arte del Teatro “Armando Manzanero”, el pasado 24 de abril, dentro del Festival Avant Garde, con la participación de la autora junto con Oscar Flores, Cristóbal Ocaña y un servidor).

Aulestia, Patricia: Despertar de la república dancística mexicana, Editorial Ríos de Tinta, México, 2012, 502 págs., prólogo de César Delgado Martínez.